Racionalidad
Racionalidad es la cualidad de estar guiado por o basado en la razón. En este sentido, una persona actúa racionalmente si tiene un buen motivo para hacer lo que hace, o una creencia es racional si está basada en pruebas sólidas. Esta cualidad puede aplicarse a una capacidad, como en el caso de un animal racional, a un proceso psicológico, como el razonamiento lógico, a estados mentales como creencias e intenciones, o a personas que poseen estas otras formas de racionalidad. Una cosa que carece de racionalidad es arracional si está fuera del dominio de la evaluación racional, o irracional si pertenece a este dominio pero no cumple sus estándares.
La racionalidad es importante para resolver todo tipo de problemas con el fin de alcanzar de forma eficiente los propios objetivos. Es relevante en muchas disciplinas y debatida en ellas. En ética, una cuestión es si uno puede ser racional sin ser al mismo tiempo moral. La psicología se interesa por cómo los procesos psicológicos implementan la racionalidad. Esto incluye también el estudio de los fracasos en hacerlo, como en el caso de los sesgos cognitivos. Las ciencias cognitivas y las ciencias del comportamiento suelen asumir que las personas son suficientemente racionales como para poder predecir cómo piensan y actúan. La lógica estudia las leyes de los argumentos correctos. Estas leyes son muy relevantes para la racionalidad de las creencias.
La racionalidad es central para resolver muchos problemas, tanto a escala local como global. Esto se basa a menudo en la idea de que la racionalidad es necesaria para actuar de forma eficiente y alcanzar todo tipo de metas.[1][2] Esto incluye metas de campos diversos, como metas éticas, humanistas, científicas e incluso religiosas.[1] El estudio de la racionalidad es muy antiguo y ha ocupado a muchas de las mentes más brillantes desde la Antigua Grecia. Este interés se debe a menudo al deseo de descubrir los potenciales y limitaciones de nuestra mente. Diversos teóricos incluso ven la racionalidad como la esencia de lo humano, a menudo en un intento de distinguir a los seres humanos de otros animales.[1][3][4] Sin embargo, esta afirmación fuerte ha sido objeto de muchas críticas, por ejemplo, que los seres humanos no son racionales todo el tiempo y que los animales no humanos también muestran diversas formas de inteligencia.[1]
El tema de la racionalidad es relevante para una variedad de disciplinas. Desempeña un papel central en la filosofía, la psicología, el bayesianismo, la teoría de la decisión y la teoría de juegos.[5] Pero también se trata en otras disciplinas, como la inteligencia artificial, la economía conductual, la microeconomía y la neurociencia. Algunas formas de investigación se restringen a un dominio específico, mientras que otras abordan el tema de manera interdisciplinar aprovechando aportaciones de distintos campos.[6]
Tipos de racionalidad[editar | editar código]
En la literatura académica se discuten diversos tipos de racionalidad.
Racionalidad teórica y práctica[editar | editar código]
La distinción más influyente es la que se da entre racionalidad teórica y práctica.
La racionalidad teórica concierne a la racionalidad de las creencias. Las creencias racionales se basan en pruebas que las apoyan.
La racionalidad práctica se refiere principalmente a las acciones. Esto incluye ciertos estados y eventos mentales que preceden a las acciones, como intenciones y decisiones. Una concepción muy influyente de la racionalidad práctica se da en la teoría de la decisión, que sostiene que una decisión es racional si la opción elegida tiene la mayor utilidad esperada.
En algunos casos, ambas pueden entrar en conflicto, como cuando la racionalidad práctica exige adoptar una creencia irracional.
Racionalidad ideal y acotada[editar | editar código]
Otra distinción es entre racionalidad ideal, que exige que los agentes racionales obedezcan todas las leyes e implicaciones de la lógica, y racionalidad acotada, que tiene en cuenta que esto no siempre es posible puesto que la capacidad de cálculo de la mente humana es limitada.
Racionalidad individual y social[editar | editar código]
La mayoría de las discusiones académicas se centran en la racionalidad de los individuos. Esto contrasta con la racionalidad social o colectiva, que se refiere a colectivos y a sus creencias y decisiones de grupo.
Definición y campo semántico[editar | editar código]
En su sentido más común, la racionalidad es la cualidad de estar guiado por razones o ser razonable.[7][8][9] Por ejemplo, una persona que actúa racionalmente tiene buenos motivos para lo que hace. Esto suele implicar que ha reflexionado sobre las posibles consecuencias de su acción y la meta que se supone que debe realizar. En el caso de las creencias, es racional creer algo si el agente tiene buenas pruebas de ello y si es coherente con el resto de sus creencias.[10][11] Si bien las acciones y las creencias son las formas más paradigmáticas de racionalidad, el término se utiliza tanto en el lenguaje ordinario como en muchas disciplinas académicas para describir una amplia variedad de cosas, como personas, deseos, intenciónes, decisiones, políticas e instituciones.[1][5] Debido a esta variedad en diferentes contextos, ha resultado difícil dar una definición unificada que abarque todos estos campos y usos. En este sentido, distintos campos suelen centrar su investigación en una concepción, tipo o aspecto específico de la racionalidad sin intentar cubrirla en su sentido más general.[3]
Estas diferentes formas de racionalidad se dividen a veces en capacidades, procesos, estados mentales y personas.[1][8][7][3][4] Por ejemplo, cuando se afirma que los seres humanos son animales racionales, esto suele referirse a la capacidad de pensar y actuar de formas razonables. No implica que todos los humanos sean racionales todo el tiempo: esta capacidad se ejerce en algunos casos pero no en otros.[1][3][4] Por otro lado, el término también puede referirse al proceso de razonamiento que resulta de ejercitar esta capacidad. A menudo se incluyen también muchas actividades adicionales de las facultades cognitivas superiores, como la adquisición de conceptos, el juicio, la deliberación, la planificación y la toma de decisiones, así como la formación de deseos e intenciones. Estos procesos suelen producir algún tipo de cambio en los estados mentales del pensador. En este sentido, también puede hablarse de la racionalidad de estados mentales, como creencias e intenciones.[1] Una persona que posee estas formas de racionalidad en un grado suficientemente alto puede ser llamada a su vez «racional».[7] En algunos casos, también los resultados no mentales de procesos racionales pueden calificarse de racionales. Por ejemplo, la disposición de productos en un supermercado puede ser racional si se basa en un plan racional.[1][8]
El término «racional» tiene dos opuestos: irracional y aracional. Las cosas aracionales están fuera del dominio de la evaluación racional, como los procesos digestivos o el clima. Las cosas dentro del dominio de la racionalidad son racionales o irracionales según cumplan o no los estándares de racionalidad.[12][5] Por ejemplo, creencias, acciones o políticas generales son racionales si hay una buena razón para ellas e irracionales en caso contrario. No está claro en todos los casos qué pertenece al dominio de la evaluación racional. Por ejemplo, hay desacuerdos sobre si los deseos y las emociones pueden evaluarse como racionales e irracionales en lugar de aracionales.[1] El término «irracional» se utiliza a veces en un sentido amplio para incluir casos de aracionalidad.[13]
El significado de los términos «racional» e «irracional» en el discurso académico suele diferir de cómo se usan en el lenguaje cotidiano. Ejemplos de comportamientos considerados irracionales en el discurso ordinario son ceder a tentaciones, salir hasta tarde aun sabiendo que uno debe levantarse temprano por la mañana, fumar a pesar de ser consciente de los riesgos para la salud, o creer en la astrología.[14][15] En el discurso académico, en cambio, la racionalidad suele identificarse con estar guiado por razones o seguir normas de coherencia interna. Algunos de los ejemplos anteriores pueden llegar a calificarse como racionales en el sentido académico dependiendo de las circunstancias. Ejemplos de irracionalidad en este último sentido incluyen los sesgos cognitivos y la violación de las leyes de la teoría de la probabilidad al evaluar la probabilidad de eventos futuros.[14] Este artículo se centra principalmente en la irracionalidad en el sentido académico.
Los términos «racionalidad», «razón» y «razonamiento» se usan con frecuencia como sinónimos. Pero en contextos técnicos, a menudo se distinguen sus significados.[5][14][7] La razón se entiende normalmente como la facultad responsable del proceso de razonamiento.[5][16] Este proceso tiene como objetivo mejorar los estados mentales. El razonamiento intenta asegurar que las normas de la racionalidad se cumplan. No obstante, se diferencia de la racionalidad porque otros procesos psicológicos distintos del razonamiento pueden tener el mismo efecto.[5] «Racionalidad» deriva etimológicamente del término latino Error de Lua en Módulo:Unicode_data en la línea 293: attempt to index local 'data_module' (a boolean value)..[1]
Concepciones de racionalidad[editar | editar código]
Existen muchos debates sobre los rasgos esenciales compartidos por todas las concepciones de racionalidad. Según las concepciones basadas en la sensibilidad a las razones, ser racional es responder a las razones. Por ejemplo, las nubes oscuras son una razón para llevar un paraguas, por lo que es racional que un agente lo haga como respuesta a ellas.
Un rival importante de este enfoque son las concepciones basadas en la coherencia, que definen la racionalidad como coherencia interna entre los estados mentales del agente. En este sentido se han propuesto muchas reglas de coherencia, por ejemplo, que uno no debe mantener creencias contradictorias o que uno debe proponerse hacer algo si cree que debe hacerlo.
Las concepciones basadas en fines caracterizan la racionalidad en relación con metas, como adquirir la verdad en el caso de la racionalidad teórica. Los internalistas creen que la racionalidad depende solo de la mente de la persona. Los externalistas sostienen que también pueden ser relevantes factores externos.
Los debates sobre la normatividad de la racionalidad se centran en la cuestión de si uno debería ser siempre racional. Otra discusión es si la racionalidad exige que todas las creencias se revisen desde cero en lugar de confiar en creencias preexistentes.
Existen muchas disputas sobre las características esenciales de la racionalidad. A menudo se entiende en términos relacionales: algo, como una creencia o una intención, es racional por cómo se relaciona con otra cosa.[1][7] Pero hay desacuerdos sobre con qué tiene que estar relacionado y de qué manera. Para las concepciones basadas en razones, la relación con una razón que justifica o explica el estado racional es central. Para las concepciones basadas en la coherencia, lo que importa es la relación de coherencia entre estados mentales. Hay una animada discusión en la literatura contemporánea sobre si las concepciones basadas en razones o las basadas en coherencia son superiores.[17][11] Algunos teóricos también intentan entender la racionalidad en relación con las metas que trata de realizar.[7][2]
Otras disputas en este campo se refieren a si la racionalidad depende solo de la mente del agente o también de factores externos, si la racionalidad exige revisar todas las creencias desde cero y si deberíamos ser siempre racionales.[1][7][14]
Basadas en la sensibilidad a las razones[editar | editar código]
Una idea común en muchas teorías de la racionalidad es que puede definirse en términos de razones. En esta visión, ser racional significa responder correctamente a las razones.[8][7][17] Por ejemplo, el hecho de que un alimento sea sano es una razón para comerlo. Por ello, esta razón hace racional que el agente coma ese alimento.[17] Un aspecto importante de esta interpretación es que no basta con actuar accidentalmente de acuerdo con las razones. Responder a las razones implica que uno actúa intencionalmente a causa de esas razones.[8]
Algunos teóricos entienden las razones como hechos externos. Esta visión externalista ha sido criticada sobre la base de la afirmación de que, para responder a razones, las personas tienen que ser conscientes de ellas, es decir, tener algún tipo de acceso epistémico.[17][11] Pero carecer de este acceso no es automáticamente irracional. En un ejemplo del filósofo John Broome, el agente come un pescado contaminado con salmonela, lo cual es una razón de peso en contra de comerlo. Pero dado que el agente no podía saber este hecho, comer el pescado es racional para él.[18]
Debido a tales problemas, muchos teóricos han optado por una versión internalista de esta concepción. Esto significa que el agente no necesita responder a las razones en general, sino solo a las razones que tiene o posee.[8][17][11][19] El éxito de estos enfoques depende en gran medida de lo que signifique tener una razón, y existen diversos desacuerdos sobre este punto.[5][17] Un enfoque común sostiene que este acceso se da a través de la posesión de pruebas en forma de estados mentales cognitivos, como percepciones y conocimiento. Una versión similar afirma que «la racionalidad consiste en responder correctamente a las creencias sobre razones». Así, es racional llevar un paraguas si el agente tiene pruebas sólidas de que va a llover. Pero, sin tales pruebas, sería racional dejar el paraguas en casa, incluso si, sin que el agente lo sepa, va a llover.[8][19] Estas versiones evitan la objeción anterior, dado que la racionalidad ya no exige que el agente responda a factores externos de los que no podría haber estado al tanto.[8]
Balance de razones[editar | editar código]
Todas las teorías basadas en la sensibilidad a las razones se enfrentan a un problema, y es que suele haber muchas razones relevantes, algunas de las cuales pueden además entrar en conflicto entre sí. Así, aunque la contaminación por salmonela es una razón para no comer el pescado, su buen sabor y el deseo de no ofender al anfitrión son razones a favor de comerlo. Este problema suele abordarse ponderando todas las razones diferentes. De este modo, uno no responde directamente a cada razón de forma individual, sino a su suma ponderada. Los casos de conflicto se resuelven así, puesto que un lado suele pesar más que el otro. De modo que, pese a las razones citadas a favor de comer el pescado, el balance de razones se inclina en contra, ya que evitar una infección por salmonela es una razón mucho más importante que las otras razones citadas.[18][20] Esto puede expresarse diciendo que los agentes racionales eligen la opción favorecida por el balance de razones.[5][21]
Sin embargo, otras objeciones a la concepción basada en la sensibilidad a las razones no se resuelven tan fácilmente. A menudo se centran en casos en los que las razones exigen que el agente sea irracional, lo que conduce a un dilema racional. Por ejemplo, si unos terroristas amenazan con volar una ciudad a menos que el agente forme una creencia irracional, esto constituye una razón de gran peso para hacer todo lo posible por violar las normas de la racionalidad.[8][22]
Basadas en la coherencia[editar | editar código]
Un rival influyente de la concepción basada en razones entiende la racionalidad como coherencia interna.[17][11] En esta visión, una persona es racional en la medida en que sus estados mentales y sus acciones son coherentes entre sí.[17][11]
Existen diversas versiones de este enfoque que difieren en cómo entienden la coherencia y qué reglas de coherencia proponen.[5][21][8] Una distinción general al respecto es la que se da entre coherencia negativa y positiva.[14][23]
La coherencia negativa es un aspecto poco controvertido en la mayoría de estas teorías: requiere la ausencia de contradicciones e inconsistencias. Esto significa que los estados mentales del agente no entran en choque entre sí. En algunos casos, las contradicciones son bastante obvias, como cuando una persona cree que lloverá mañana y al mismo tiempo que no lloverá mañana. En casos complejos, las inconsistencias pueden ser difíciles de detectar, por ejemplo, cuando alguien cree en los axiomas de la geometría euclidiana y, sin embargo, está convencido de que es posible cuadrar el círculo.
La coherencia positiva se refiere al apoyo que distintos estados mentales se prestan entre sí. Por ejemplo, existe coherencia positiva entre la creencia de que hay ocho planetas en el sistema solar y la creencia de que hay menos de diez planetas en el sistema solar: la primera creencia implica la segunda. Otros tipos de apoyo mediante coherencia positiva incluyen conexiones explicativas y causales.[14][23]
Las concepciones basadas en la coherencia también se denominan concepciones basadas en reglas, dado que los distintos aspectos de la coherencia suelen expresarse en reglas precisas. En este sentido, ser racional significa seguir las reglas de la racionalidad en el pensamiento y la acción. Según la regla enkrática, por ejemplo, se exige a los agentes racionales que se propongan lo que creen que deben hacer. Esto requiere coherencia entre creencias e intenciones. La norma de persistencia afirma que los agentes deben mantener sus intenciones a lo largo del tiempo, de manera que los estados mentales anteriores son coherentes con los posteriores.[17][14][11] También es posible distinguir distintos tipos de racionalidad, como la racionalidad teórica o práctica, según los distintos conjuntos de reglas que exijan.[5][21]
Dilemas racionales[editar | editar código]
Un problema de estas concepciones basadas en la coherencia es que las normas pueden entrar en conflicto entre sí, los llamados dilemas racionales. Por ejemplo, si el agente tiene una intención preexistente que resulta entrar en conflicto con sus creencias, la norma enkrática exige que la cambie, lo cual está prohibido por la norma de persistencia. Esto sugiere que, en los casos de dilemas racionales, es imposible ser racional, sea cual sea la norma que se privilegie.[17][24][25] Algunos defensores de las teorías de la coherencia han argumentado que, cuando se formulan correctamente, las normas de racionalidad no pueden entrar en conflicto entre sí. Esto significa que los dilemas racionales son imposibles. A veces esto se vincula a supuestos adicionales no triviales, como que tampoco existan dilemas éticos. Una respuesta diferente consiste en aceptar la existencia de dilemas racionales. Esto tiene la consecuencia de que, en tales casos, la racionalidad no es posible para el agente y las teorías de la racionalidad no pueden ofrecerle orientación.[17][24][25] Estos problemas se evitan en las concepciones basadas en la sensibilidad a las razones, ya que «permiten la racionalidad a pesar de razones en conflicto, pero [las concepciones de coherencia] no permiten la racionalidad a pesar de exigencias en conflicto». Algunos teóricos sugieren un criterio más débil de coherencia para evitar casos de irracionalidad necesaria: la racionalidad no exige obedecer todas las normas de coherencia, sino obedecer el mayor número posible. Así, en los dilemas racionales, los agentes pueden seguir siendo racionales si violan el número mínimo de exigencias racionales.[17]
Otra crítica se basa en la afirmación de que las concepciones de la racionalidad basadas en la coherencia son redundantes o falsas. Según este punto de vista, o bien las reglas recomiendan la misma opción que el balance de razones, o bien recomiendan una opción diferente. Si recomiendan la misma opción, son redundantes. Si recomiendan una opción distinta, son falsas, ya que, según sus críticos, no hay ningún valor especial en aferrarse a reglas contra el balance de razones.[5][21]
Basadas en fines[editar | editar código]
Un enfoque diferente caracteriza la racionalidad en relación con las metas que pretende lograr.[7][2] En este sentido, la racionalidad teórica apunta a metas epistémicas, como adquirir la verdad y evitar la falsedad. La racionalidad práctica, en cambio, apunta a metas no epistémicas, como metas morales, prudenciales, políticas, económicas o estéticas. Suele entenderse que la racionalidad sigue estos fines pero no los establece. Por ello, la racionalidad puede entenderse como un «ministro sin cartera», dado que sirve a fines externos a sí misma.[7] Esta cuestión ha sido el origen de una importante discusión histórica entre David Hume e Immanuel Kant. El eslogan de la posición de Hume es que «la razón es esclava de las pasiones». Esto se entiende a menudo como la afirmación de que la racionalidad solo concierne a cómo alcanzar una meta, no a si dicha meta debe perseguirse. Por tanto, personas con metas perversas o extrañas pueden ser perfectamente racionales. Esta posición es rechazada por Kant, quien sostiene que la racionalidad exige tener las metas y motivos correctos.[5][26][27][28][7]
Internalismo y externalismo[editar | editar código]
Un debate contemporáneo importante en el campo de la racionalidad se da entre internalistas y externalistas.[7][29][30] Ambos lados coinciden en que la racionalidad exige y depende en cierto sentido de razones. Discrepan sobre qué razones son relevantes o cómo concebir esas razones. Los internalistas entienden las razones como estados mentales, por ejemplo, como percepciones, creencias o deseos. En esta visión, una acción puede ser racional porque está en consonancia con las creencias del agente y realiza sus deseos. Los externalistas, en cambio, ven las razones como factores externos sobre lo que es bueno o correcto. Afirman que el que una acción sea racional depende también de sus consecuencias reales.[7][29][30] La diferencia entre ambas posiciones es que los internalistas afirman y los externalistas niegan que la racionalidad supervenga en la mente. Esta afirmación significa que solo depende de la mente de la persona el que sea racional, y no de factores externos. Por ello, para el internalismo, dos personas con los mismos estados mentales tendrían el mismo grado de racionalidad con independencia de cuán distinta sea su situación externa. Debido a esta limitación, la racionalidad puede apartarse de la realidad. Así, si el agente dispone de muchas pruebas engañosas, puede ser racional que gire a la izquierda aunque el camino realmente correcto vaya a la derecha.[8][7]
Bernard Williams ha criticado las concepciones externalistas de la racionalidad basándose en la afirmación de que la racionalidad debería ayudar a explicar qué motiva al agente a actuar. Esto es sencillo para el internalismo pero difícil para el externalismo, dado que las razones externas pueden ser independientes de la motivación del agente.[7][31][32] Los externalistas han respondido a esta objeción distinguiendo entre razones motivacionales y normativas.[7] Las razones motivacionales explican por qué alguien actúa como lo hace, mientras que las razones normativas explican por qué alguien debería actuar de cierta manera. Idealmente, ambas se solapan, pero pueden divergir. Por ejemplo, que a alguien le guste la tarta de chocolate es una razón motivacional para comerla, mientras que tener hipertensión es una razón normativa para no comerla.[33][34] El problema de la racionalidad se refiere principalmente a las razones normativas. Esto es especialmente cierto para varios filósofos contemporáneos que sostienen que la racionalidad puede reducirse a razones normativas.[8][18][20] La distinción entre razones motivacionales y normativas suele aceptarse, pero muchos teóricos han puesto en duda que la racionalidad pueda identificarse con la normatividad. Desde este punto de vista, la racionalidad puede recomendar a veces acciones subóptimas, por ejemplo, porque el agente carece de información importante o tiene información falsa. En este sentido, las discusiones entre internalismo y externalismo se solapan con las discusiones sobre la normatividad de la racionalidad.[7]
Relatividad[editar | editar código]
Una implicación importante de las concepciones internalistas es que la racionalidad es relativa a la perspectiva o a los estados mentales de la persona. El que una creencia o una acción sea racional suele depender de los estados mentales que tenga la persona. Así, llevar un paraguas para ir caminando al supermercado es racional para una persona que cree que va a llover, pero irracional para otra que carece de esta creencia.[1][35][36] Según Robert Audi, esto puede explicarse en términos de experiencia: lo que es racional depende de la experiencia del agente. Dado que personas distintas tienen experiencias distintas, hay diferencias en lo que es racional para ellas.[35]
Normatividad[editar | editar código]
La racionalidad es normativa en el sentido de que establece ciertas reglas o estándares de corrección: ser racional es cumplir ciertos requisitos.[8][17][2] Por ejemplo, la racionalidad exige que el agente no mantenga creencias contradictorias. Muchas discusiones sobre este tema se refieren a la cuestión de cuáles son exactamente estos estándares. Algunos teóricos caracterizan la normatividad de la racionalidad en términos deontológicos de obligación y permiso. Otros la entienden desde una perspectiva valorativa, como algo bueno o valioso.
La mayoría de las discusiones sobre la normatividad de la racionalidad se interesan por el sentido fuerte, es decir, si los agentes deben ser siempre racionales.[8][20][18][37] Esto se denomina a veces una concepción sustantiva de la racionalidad, en contraste con las concepciones estructurales.[8][17] Un argumento importante a favor de la normatividad de la racionalidad se basa en consideraciones de elogio y reproche. Afirma que normalmente nos hacemos responsables unos a otros de ser racionales y nos criticamos cuando fallamos en ello. Esta práctica indica que la irracionalidad es una forma de defecto por parte del sujeto que no debería darse.[38][37] Un contraejemplo fuerte a esta posición se debe a John Broome, que considera el caso de un pez que un agente quiere comer. Contiene salmonela, lo cual es una razón decisiva por la que el agente no debería comerlo. Pero el agente ignora este hecho, y por ello es racional que se lo coma.[18][20] Sería, pues, un caso en el que la normatividad y la racionalidad divergen. Este ejemplo puede generalizarse en el sentido de que la racionalidad solo depende de las razones a las que el agente tiene acceso o de cómo se le presentan las cosas. Lo que uno debe hacer, en cambio, viene determinado por razones objetivamente existentes.[39][37] En el caso ideal, racionalidad y normatividad pueden coincidir, pero se separan si el agente carece de acceso a una razón o si tiene una creencia equivocada sobre la presencia de una razón. Estas consideraciones se resumen en la afirmación de que la racionalidad superviene solo en la mente del agente, mientras que la normatividad no.[40][41]
Pero también existen experimentos mentales a favor de la normatividad de la racionalidad. Uno, debido a Frank Jackson, involucra a un médico que recibe a un paciente con una afección leve y debe recetarle uno de tres medicamentos: el fármaco A, que da lugar a una cura parcial; el fármaco B, que da lugar a una cura completa; o el fármaco C, que provoca la muerte del paciente.[42] El problema del médico es que no puede saber cuál de los fármacos B y C produce la cura completa y cuál la muerte del paciente. El mejor resultado objetivo sería que el paciente recibiera el fármaco B, pero sería muy irresponsable que el médico lo recetara dadas las incertidumbres sobre sus efectos. Por ello, el médico debería recetar el fármaco menos eficaz, A, que también es la elección racional. Este experimento mental indica que racionalidad y normatividad coinciden, ya que lo que es racional y lo que uno debe hacer depende, después de todo, de la mente del agente.[39][37]
Algunos teóricos han respondido a estos experimentos mentales distinguiendo entre normatividad y responsabilidad moral.[37] Desde este punto de vista, la crítica al comportamiento irracional, como el del médico que receta el fármaco B, implica una evaluación negativa del agente en términos de responsabilidad pero no dice nada sobre cuestiones normativas. En una concepción basada en la competencia, que define la racionalidad en términos de la competencia para responder a razones, dicho comportamiento puede entenderse como un fallo a la hora de ejercer la propia competencia. Pero a veces tenemos suerte y logramos el éxito en el plano normativo a pesar de no actuar competentemente, es decir, racionalmente, por ser irresponsables.[37][43] También puede ocurrir lo contrario: la mala suerte puede llevar al fracaso a pesar de una actuación responsable y competente. Esto explica cómo racionalidad y normatividad pueden divergir pese a nuestra práctica de criticar la irracionalidad.[37][44]
Teorías normativas y descriptivas[editar | editar código]
El concepto de normatividad también puede utilizarse para distinguir diferentes teorías de la racionalidad. Las teorías normativas exploran la naturaleza normativa de la racionalidad. Se ocupan de reglas e ideales que rigen cómo debería funcionar la mente. Las teorías descriptivas, en cambio, investigan cómo funciona realmente la mente. Esto incluye cuestiones como bajo qué circunstancias se siguen las reglas ideales, así como el estudio de los procesos psicológicos subyacentes responsables del pensamiento racional. Las teorías descriptivas suelen investigarse en la psicología empírica, mientras que la filosofía tiende a centrarse más en cuestiones normativas. Esta división también refleja las diferencias en cómo se investigan estos dos tipos.[1][45][2][46]
Los teóricos descriptivos y normativos suelen emplear diferentes metodologías en su investigación. Las cuestiones descriptivas se estudian mediante investigación empírica. Esto puede adoptar la forma de estudios que presentan a los participantes un problema cognitivo. Se observa entonces cómo los participantes resuelven el problema, posiblemente junto con explicaciones de por qué llegaron a una solución concreta. Las cuestiones normativas, en cambio, se investigan normalmente de formas similares a las de las ciencias formales.[1][45] En el campo de la racionalidad teórica, por ejemplo, se acepta que el razonamiento deductivo en forma de modus ponens conduce a creencias racionales. Esta afirmación puede investigarse utilizando métodos como la intuición racional o una deliberación cuidadosa hacia un equilibrio reflexivo. Estas formas de investigación pueden llegar a conclusiones sobre qué formas de pensamiento son racionales e irracionales sin depender de pruebas empíricas.[1][47][48]
Una cuestión importante en este campo se refiere a la relación entre los enfoques descriptivos y normativos de la racionalidad.[1][2][46] Una dificultad al respecto es que en muchos casos hay una gran brecha entre lo que prescriben las normas de la racionalidad ideal y cómo razonan realmente las personas. Ejemplos de sistemas normativos de racionalidad son la lógica clásica, la teoría de la probabilidad y la teoría de la decisión. Los razonadores reales suelen desviarse de estos estándares debido a sesgos cognitivos, heurísticas u otras limitaciones mentales.[1]
Tradicionalmente, se asumía a menudo que el razonamiento humano real debía seguir las reglas descritas en las teorías normativas. En esta visión, cualquier discrepancia es una forma de irracionalidad que debe evitarse. Sin embargo, esto suele ignorar las limitaciones humanas de la mente. Dadas estas limitaciones, muchas discrepancias pueden ser necesarias (y en este sentido racionales) para obtener resultados más útiles.[1][14][7] Por ejemplo, las normas ideales de la teoría de la decisión exigen que el agente elija siempre la opción con el valor esperado más alto. No obstante, calcular el valor esperado de cada opción puede llevar mucho tiempo en situaciones complejas y no merecer la pena. Esto se refleja en el hecho de que los razonadores reales suelen conformarse con una opción que es suficientemente buena sin asegurarse de que sea realmente la mejor disponible.[7][49] Otra dificultad al respecto es la ley de Hume, que afirma que no se puede deducir lo que debe ser a partir de lo que es.[50][51] Así, el mero hecho de que una determinada heurística o sesgo cognitivo esté presente en un caso concreto no implica que deba estarlo. Un enfoque ante estos problemas consiste en sostener que las teorías descriptivas y normativas se refieren a distintos tipos de racionalidad. De este modo, no hay contradicción entre ambas y pueden ser correctas cada una en su propio ámbito. Problemas similares se discuten en la llamada epistemología naturalizada.[1][52]
Conservadurismo y fundacionalismo[editar | editar código]
La racionalidad suele entenderse como conservadora en el sentido de que los agentes racionales no parten de cero, sino que ya poseen muchas creencias e intenciones. El razonamiento tiene lugar sobre el trasfondo de estos estados mentales preexistentes e intenta mejorarlos. De este modo, las creencias e intenciones originales están privilegiadas: se las mantiene a menos que aparezca una razón para dudar de ellas. Algunas formas de fundacionalismo epistémico rechazan este enfoque. Según ellas, el sistema completo de creencias debe justificarse a partir de creencias autoevidentes. Ejemplos de tales creencias autoevidentes pueden incluir experiencias inmediatas, así como axiomas lógicos y matemáticos simples.[14][53][54]
Una diferencia importante entre conservadurismo y fundacionalismo se refiere a sus diferentes concepciones de la carga de la prueba. Según el conservadurismo, la carga de la prueba se sitúa siempre a favor de las creencias ya establecidas: en ausencia de nuevas pruebas, es racional mantener los estados mentales que ya se tienen. Según el fundacionalismo, la carga de la prueba está siempre a favor de suspender los estados mentales. Por ejemplo, el agente reflexiona sobre su creencia preexistente de que el Taj Mahal está en Agra pero es incapaz de acceder a ninguna razón a favor o en contra de esta creencia. En este caso, los conservadores creen que es racional mantenerla, mientras que los fundacionalistas la rechazan como irracional debido a la falta de razones. En este sentido, el conservadurismo se aproxima mucho más a la concepción ordinaria de la racionalidad. Un problema para el fundacionalismo es que muy pocas creencias, si es que alguna, permanecerían si este enfoque se llevara a cabo de forma minuciosa. Otro problema es que se requerirían enormes recursos mentales para llevar un seguimiento constante de todas las relaciones de justificación que conectan creencias no fundamentales con creencias fundamentales.[14][53][54]
Tipos[editar | editar código]
La racionalidad se discute en una gran variedad de campos, a menudo en términos muy diferentes. Mientras que algunos teóricos intentan proporcionar una concepción unificada que exprese los rasgos compartidos por todas las formas de racionalidad, el enfoque más común consiste en articular los diferentes aspectos de las formas individuales de racionalidad. La distinción más habitual es entre racionalidad teórica y práctica. Otras clasificaciones incluyen categorías de racionalidad ideal y racionalidad acotada, así como de racionalidad individual y social.[1][6]
Teórica y práctica[editar | editar código]
La distinción más influyente contrapone la racionalidad teórica o epistémica a la racionalidad práctica. Su lado teórico se refiere a la racionalidad de las creencias: si es racional mantener una determinada creencia y cuán seguro debe estar uno de ella. La racionalidad práctica, en cambio, concierne a la racionalidad de las acciones, las intenciónes y las decisiones.[5][14][6][28] Esto corresponde a la distinción entre razonamiento teórico y práctico: el razonamiento teórico trata de evaluar si el agente debe cambiar sus creencias, mientras que el razonamiento práctico trata de evaluar si el agente debe cambiar sus planes e intenciones.[14][6][28]
Teórica[editar | editar código]
La racionalidad teórica se refiere a la racionalidad de los estados mentales cognitivos, en particular de las creencias.[5][10] Es habitual distinguir dos factores. El primero se refiere al hecho de que las buenas razones son necesarias para que una creencia sea racional. Esto suele entenderse en términos de pruebas proporcionadas por las llamadas fuentes del conocimiento, es decir, facultades como la percepción, la introspección y la memoria. En este sentido, se suele sostener que, para ser racional, el creyente debe responder a las impresiones o razones presentadas por estas fuentes. Por ejemplo, la impresión visual de la luz del sol sobre un árbol hace racional creer que el sol está brillando.[28][5][10] En este sentido, también puede ser relevante si la creencia formada es involuntaria e implícita.
El segundo factor se refiere a las normas y procedimientos de la racionalidad que rigen cómo deben formarse las creencias a partir de estas pruebas. Estas normas incluyen las reglas de inferencia discutidas en la lógica habitual, así como otras normas de coherencia entre estados mentales.[5][10] En el caso de las reglas de inferencia, las premisas de un argumento válido proporcionan apoyo a la conclusión y hacen, por tanto, racional creer en ella.[28] El apoyo que las premisas dan a la conclusión puede ser deductivo o no deductivo.[55][56] En ambos casos, creer en las premisas de un argumento hace racional creer también en su conclusión. La diferencia entre ambos radica en cómo las premisas sustentan la conclusión. En el razonamiento deductivo, las premisas ofrecen el apoyo más fuerte posible: es imposible que la conclusión sea falsa si las premisas son verdaderas. Las premisas de los argumentos no deductivos también ofrecen apoyo a su conclusión, pero no absoluto: la verdad de las premisas no garantiza la verdad de la conclusión. En su lugar, hacen que esta sea más probable. En este caso, suele exigirse que el apoyo no deductivo sea suficientemente fuerte para que creer en la conclusión sea racional.[6][28][55]
Una forma importante de irracionalidad teórica es la creencia sesgada motivacionalmente, a veces denominada pensamiento desiderativo. En este caso, las creencias se forman sobre la base de los deseos o de lo que resulta agradable imaginar, sin un apoyo probatorio adecuado.[5][57] Un razonamiento defectuoso en forma de falacia formal o falacia informal es otra causa de irracionalidad teórica.[58]
Práctica[editar | editar código]
Todas las formas de racionalidad práctica se refieren a cómo actuamos. Se refiere tanto a las acciones directamente como a estados y eventos mentales que las preceden, como intenciónes y decisiones. Hay diversos aspectos de la racionalidad práctica, como cómo elegir una meta que seguir y cómo escoger los medios para alcanzarla. Otras cuestiones incluyen la coherencia entre distintas intenciones y entre creencias e intenciones.[59][60][7]
Algunos teóricos definen la racionalidad de las acciones en términos de creencias y deseos. Según esta visión, una acción encaminada a alcanzar un determinado objetivo es racional si el agente desea alcanzar ese objetivo y cree que su acción lo realizará. Una versión más fuerte de esta concepción exige que las creencias y deseos responsables sean racionales en sí mismos.[1] Una concepción muy influyente de la racionalidad de las decisiones procede de la teoría de la decisión. En las decisiones, al agente se le presenta un conjunto de posibles cursos de acción y tiene que elegir uno de ellos. La teoría de la decisión sostiene que el agente debe elegir la alternativa que tenga el valor esperado más alto.[59] La racionalidad práctica incluye el ámbito de las acciones pero no de la conducta en general. La diferencia entre ambas es que las acciones son conductas intencionales, es decir, se realizan con un propósito y están guiadas por él. En este sentido, conductas intencionales como conducir un coche son racionales o irracionales, mientras que conductas no intencionales como estornudar quedan fuera del dominio de la racionalidad.[1][61][62]
Respecto a varios otros fenómenos prácticos, no hay consenso claro sobre si pertenecen o no a este dominio. Por ejemplo, en lo que se refiere a la racionalidad de los deseos, dos teorías importantes son el procedimentalismo y el sustantivismo. Según el procedimentalismo, hay una distinción importante entre deseos instrumentales y no instrumentales. Un deseo es instrumental si su satisfacción sirve como medio para la satisfacción de otro deseo.[63][14][1] Por ejemplo, Jack está enfermo y quiere tomar un medicamento para recuperar la salud. En este caso, el deseo de tomar el medicamento es instrumental, ya que sirve únicamente como medio para el deseo no instrumental de Jack de estar sano. Tanto procedimentalistas como sustantivistas suelen coincidir en que una persona puede ser irracional si carece de un deseo instrumental pese a tener el deseo no instrumental correspondiente y saber que actúa como medio. Los procedimentalistas sostienen que esta es la única forma en que un deseo puede ser irracional. Los sustantivistas, en cambio, permiten que los deseos no instrumentales también sean irracionales. En este sentido, un sustantivista podría afirmar que sería irracional que Jack careciera de su deseo no instrumental de estar sano.[5][63][1] Debates similares se centran en la racionalidad de las emociones.[1]
Relación entre ambas[editar | editar código]
Racionalidad teórica y práctica suelen discutirse por separado y existen muchas diferencias entre ellas. En algunos casos, incluso entran en conflicto. No obstante, también hay varias formas en las que se solapan y dependen la una de la otra.[59][1]
A veces se afirma que la racionalidad teórica tiene como objetivo la verdad, mientras que la racionalidad práctica apunta al bien.[59] Según John Searle, la diferencia puede expresarse en términos de dirección de ajuste.[1][64][65] Desde este punto de vista, la racionalidad teórica se refiere a cómo la mente corresponde al mundo al representarlo. La racionalidad práctica, por su parte, se refiere a cómo el mundo corresponde al ideal fijado por la mente y cómo debería cambiarse.[1][5][66][7] Otra diferencia es que las elecciones arbitrarias a veces son necesarias para la racionalidad práctica. Por ejemplo, puede haber dos rutas igualmente buenas para alcanzar una meta. En el plano práctico, hay que elegir una de ellas si se quiere alcanzar dicha meta. Incluso sería prácticamente irracional resistirse a esta elección arbitraria, como ilustra el caso del asno de Buridán.[14][67] Pero en el plano teórico no es necesario formar una creencia sobre qué ruta se tomó al saber que alguien alcanzó la meta. En este caso, la elección arbitraria de una creencia sobre otra sería teóricamente irracional. En lugar de ello, el agente debería suspender el juicio si carece de razones suficientes. Otra diferencia es que la racionalidad práctica está guiada por metas y deseos específicos, a diferencia de la racionalidad teórica. Así, es prácticamente racional tomar un medicamento si se desea curar una enfermedad. Pero es teóricamente irracional adoptar la creencia de que uno está sano solo porque desea estarlo. Esto es una forma de pensamiento desiderativo.[14]
En algunos casos, las exigencias de la racionalidad práctica y teórica entran en conflicto entre sí. Por ejemplo, la razón práctica de la lealtad hacia el propio hijo puede exigir la creencia de que es inocente, mientras que las pruebas que lo vinculan al delito pueden exigir, en el plano teórico, la creencia de que es culpable.[14][66]
Pero ambos dominios también se solapan de diversas maneras. Por ejemplo, la norma de racionalidad conocida como enkrateia vincula creencias e intenciones. Establece que «la racionalidad exige que intentes F si crees que tus razones requieren que hagas F». No cumplir este requisito da lugar a casos de irracionalidad conocidos como akrasia o debilidad de la voluntad.[8][7][17][5][57] Otra forma de solapamiento es que el estudio de las reglas que rigen la racionalidad práctica es una cuestión teórica.[5][68] Y las consideraciones prácticas pueden determinar si se debe perseguir la racionalidad teórica sobre un cierto tema y cuánto tiempo y recursos invertir en la investigación.[66][57] A menudo se sostiene que la racionalidad práctica presupone la racionalidad teórica. Esto se basa en la idea de que, para decidir qué debe hacerse, primero hay que saber qué es el caso. Pero se puede evaluar qué es el caso de forma independiente a saber qué debe hacerse. En este sentido, puede estudiarse la racionalidad teórica como una disciplina distinta e independiente de la racionalidad práctica, pero no al revés.[1] Sin embargo, esta independencia es rechazada por algunas formas de voluntarismo doxástico. Sostienen que la racionalidad teórica puede entenderse como un tipo de racionalidad práctica. Esto se basa en la controvertida afirmación de que podemos decidir qué creer. Puede adoptar la forma de una teoría de la decisión epistémica, según la cual las personas intentan cumplir metas epistémicas al decidir qué creer.[1][69][70] Una idea similar es defendida por Jesús Mosterín. Sostiene que el objeto propio de la racionalidad no es la creencia, sino la aceptación. Entiende la aceptación como una decisión voluntaria y dependiente del contexto de afirmar una proposición.[71]
Ideal y acotada[editar | editar código]
Diversas teorías de la racionalidad suponen algún tipo de racionalidad ideal, por ejemplo, al exigir que los agentes racionales obedezcan todas las leyes e implicaciones de la lógica. Esto puede incluir el requisito de que, si el agente cree una proposición, también debe creer todo lo que se sigue lógicamente de ella. Sin embargo, muchos teóricos rechazan esta forma de omnisciencia lógica como requisito de la racionalidad. Argumentan que, dado que la mente humana es limitada, la racionalidad debe definirse en consecuencia para tener en cuenta que los seres humanos finitos poseen una racionalidad limitada por sus recursos.[14][1][7]
Según la posición de la racionalidad acotada, las teorías de la racionalidad deben tener en cuenta las limitaciones cognitivas, como el conocimiento incompleto, la memoria imperfecta y las capacidades limitadas de cálculo y representación. Una cuestión de investigación importante en este ámbito es cómo los agentes cognitivos utilizan heurísticas en lugar de cálculos exhaustivos para resolver problemas y tomar decisiones. Según la heurística de la satisfacción razonable (satisficing), por ejemplo, los agentes suelen detener su búsqueda de la mejor opción una vez que encuentran una opción que alcanza el nivel de logro deseado. En este sentido, la gente a menudo no sigue buscando la mejor opción posible, aun cuando esto es lo que las teorías de la racionalidad ideal suelen exigir.[1][7][49] El uso de heurísticas puede ser altamente racional como forma de adaptarse a las limitaciones de la mente humana, especialmente en casos complejos en los que estas limitaciones hacen que los cálculos exhaustivos sean imposibles o muy costosos en tiempo y recursos.[1][7]
Individual y social[editar | editar código]
La mayoría de las discusiones e investigaciones en la literatura académica se centran en la racionalidad individual. Esta se refiere a la racionalidad de personas individuales, por ejemplo, si sus creencias y acciones son racionales. Pero la cuestión de la racionalidad también puede aplicarse a grupos en su conjunto, en el plano social. Esta forma de racionalidad social o colectiva se refiere tanto a cuestiones teóricas como prácticas, como creencias y decisiones de grupo.[1][72][73] Y al igual que en el caso individual, es posible estudiar estos fenómenos, así como los procesos y estructuras que son responsables de ellos. En el plano social, existen diversas formas de cooperación para alcanzar una meta compartida. En casos teóricos, un grupo de jurados puede discutir primero y luego votar para determinar si el acusado es culpable. O, en el plano práctico, los políticos pueden cooperar para implantar nuevas regulaciones para combatir el cambio climático. Estas formas de cooperación pueden juzgarse según su racionalidad social en función de cómo se implementan y de la calidad de los resultados que producen. Algunos teóricos intentan reducir la racionalidad social a la racionalidad individual sosteniendo que los procesos de grupo son racionales en la medida en que lo sean los individuos que participan en ellos. Pero dicha reducción se rechaza con frecuencia.[1][72]
Diversos estudios indican que la racionalidad de grupo supera a menudo a la racionalidad individual. Por ejemplo, los grupos de personas que trabajan conjuntamente en la tarea de selección de Wason suelen obtener mejores resultados que los individuos por sí solos. Esta forma de superioridad del grupo se denomina a veces «sabiduría de las multitudes» y puede explicarse sosteniendo que los individuos competentes tienen un impacto más fuerte en la decisión del grupo que los demás.[1][74] Sin embargo, esto no siempre ocurre y, en ocasiones, los grupos obtienen peores resultados debido al conformismo o a la renuencia a plantear cuestiones controvertidas.[1]
Otras[editar | editar código]
En la literatura académica se discuten muchas otras clasificaciones. Una distinción importante es la que se da entre enfoques de la racionalidad basados en el resultado o en el proceso. Las teorías orientadas al proceso son comunes en la psicología cognitiva y estudian cómo los sistemas cognitivos procesan entradas para generar salidas. Los enfoques orientados al resultado son más habituales en filosofía e investigan la racionalidad de los estados resultantes.[1][8] Otra distinción es entre juicios relativos y categóricos de racionalidad. En el caso relativo, la racionalidad se juzga con base en información o pruebas limitadas, mientras que los juicios categóricos tienen en cuenta toda la evidencia y son, por tanto, juicios «considerándolo todo» (all things considered).[1][7] Por ejemplo, creer que las propias inversiones se multiplicarán puede ser racional en un sentido relativo porque se basa en el horóscopo astrológico de uno. Pero esta creencia es irracional en un sentido categórico si la creencia en la astrología es en sí misma irracional.[1]
Paradojas de la racionalidad[editar | editar código]
El término paradoja de la racionalidad tiene diversos significados. A menudo se utiliza para designar rompecabezas o problemas no resueltos de la racionalidad. Algunos son simplemente situaciones en las que no está claro qué debería hacer la persona racional. Otros implican aparentes defectos dentro de la propia racionalidad, por ejemplo, donde la racionalidad parece recomendar un curso de acción subóptimo.[5] Un caso especial son los llamados dilemas racionales, en los que es imposible ser racional porque dos normas de racionalidad entran en conflicto entre sí.[24][25] Ejemplos de paradojas de la racionalidad incluyen la apuesta de Pascal, el dilema del prisionero, el asno de Buridán y la paradoja de San Petersburgo.[5][75][22]
En diversos campos[editar | editar código]
Ética y moralidad
El problema de la racionalidad es relevante para diversas cuestiones en la ética y la moralidad.[5] Muchos debates se centran en la cuestión de si la racionalidad implica moralidad o es posible sin ella. Algunos ejemplos basados en el sentido común sugieren que ambas pueden separarse. Por ejemplo, algunos psicópatas inmorales son altamente inteligentes en la persecución de sus planes y, por tanto, pueden ser considerados racionales. Sin embargo, también hay consideraciones que sugieren que ambas están estrechamente relacionadas. Por ejemplo, según el principio de universalidad, “las razones de uno para actuar son aceptables solo si es aceptable que todos actúen basándose en tales razones”.[14] Una formulación similar aparece en el imperativo categórico de Immanuel Kant: “obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer, al mismo tiempo, que se convierta en una ley universal”.[76] Se ha propuesto el principio de universalidad como principio básico tanto para la moralidad como para la racionalidad.[14] Esto está estrechamente relacionado con la cuestión de si los agentes tienen el deber de ser racionales. Otro tema concierne al valor de la racionalidad. En este sentido, a menudo se sostiene que la vida humana es más importante que la vida animal porque los seres humanos son racionales.[14][3]
Psicología
Se han propuesto muchas teorías psicológicas para describir cómo sucede el razonamiento y qué procesos psicológicos subyacentes son responsables. Uno de sus objetivos es explicar cómo ocurren los distintos tipos de irracionalidad y por qué algunos tipos son más prevalentes que otros. Entre ellas se incluyen las “teorías de la lógica mental”, las “teorías del modelo mental” y las “teorías de proceso dual”.[6][77][78] Un área psicológica importante de estudio se centra en los sesgos cognitivos. Los sesgos cognitivos son tendencias sistemáticas a involucrarse en formas erróneas o irracionales de pensamiento, juicio y acción. Ejemplos incluyen el sesgo de confirmación, el sesgo autosirviente, el sesgo retrospectivo y el efecto Dunning–Kruger.[79][80][81] Algunos hallazgos empíricos sugieren que la metacognición es un aspecto importante de la racionalidad. La idea detrás de esta afirmación es que el razonamiento se lleva a cabo de forma más eficiente y fiable si los procesos de pensamiento responsables se controlan y supervisan adecuadamente.[6]
La tarea de selección de Wason es una prueba influyente para estudiar la racionalidad y las capacidades de razonamiento. En ella, cuatro cartas se colocan ante los participantes. Cada una tiene un número en un lado y una letra en el lado opuesto. En un caso, los lados visibles de las cuatro cartas son A, D, 4 y 7. Luego se pregunta al participante qué cartas deben darse vuelta para verificar la afirmación condicional “si hay una vocal en un lado de la carta, entonces hay un número par en el otro lado”. La respuesta correcta es A y 7. Pero esta respuesta solo la da alrededor del 10%. Muchos eligen la carta 4, aunque no existe ningún requisito sobre qué letras pueden aparecer en su lado opuesto.[1][77][82] Una idea importante derivada del uso de estas y otras pruebas similares es que la capacidad racional de los participantes suele ser significativamente mejor para casos concretos y realistas que para casos abstractos o inverosímiles.[77][82] Diversos estudios contemporáneos en este campo utilizan la probabilidad bayesiana para estudiar grados subjetivos de creencia, por ejemplo, cómo la certeza del creyente en las premisas se transfiere a la conclusión a través del razonamiento.[1]
En la psicología del razonamiento, psicólogos y científicos cognitivos han defendido distintas posiciones sobre la racionalidad humana. Una postura prominente, defendida por Philip Johnson-Laird y Ruth M. J. Byrne, entre otros, sostiene que los seres humanos son racionales en principio pero fallan en la práctica; es decir, que poseen la competencia para ser racionales, pero su rendimiento está limitado por diversos factores.[83] Sin embargo, se ha argumentado que muchas pruebas estándar de razonamiento, como las de la falacia de la conjunción, la tarea de selección de Wason o la falacia de la tasa base, adolecen de problemas metodológicos y conceptuales. Esto ha llevado a disputas en psicología acerca de si los investigadores deberían usar únicamente reglas estándar de la lógica, la teoría de la probabilidad y la estadística, o la teoría de la elección racional como normas de buen razonamiento. Los opositores a esta visión, como Gerd Gigerenzer, favorecen una concepción de racionalidad limitada, especialmente para tareas bajo alta incertidumbre.[84] El concepto de racionalidad sigue siendo debatido por psicólogos, economistas y científicos cognitivos.[85]
El psicólogo Jean Piaget ofreció un influyente relato de cómo las etapas del desarrollo humano, desde la infancia hasta la adultez, pueden entenderse en términos del incremento de las capacidades racionales y lógicas.[1][86][87][88] Identifica cuatro etapas asociadas con grupos de edad aproximados: la etapa sensoriomotora antes de los dos años, la etapa preoperacional hasta los siete, la etapa de operaciones concretas hasta los once años y la etapa de operaciones formales a partir de entonces. El razonamiento racional o lógico solo tiene lugar en la última etapa y está relacionado con el pensamiento abstracto, la formación de conceptos, el razonamiento, la planificación y la resolución de problemas.[1]
Emociones
Según A. C. Grayling, la racionalidad “debe ser independiente de las emociones, los sentimientos personales o cualquier tipo de instinto”.[89] Ciertos hallazgosPlantilla:Which en la ciencia cognitiva y la neurociencia muestran que ningún ser humano ha cumplido jamás este criterio, excepto quizá una persona sin sentimientos afectivos, por ejemplo, un individuo con la amígdala gravemente dañada o con psicopatía severa. Así, dicha forma idealizada de racionalidad se ejemplifica mejor en computadoras, no en personas. No obstante, los estudiosos pueden recurrir productivamente a esta idealización como punto de referencia. [cita requerida] En su libro The Edge of Reason: A Rational Skeptic in an Irrational World, el filósofo británico Julian Baggini intenta desmentir mitos acerca de la razón (por ejemplo, que es “puramente objetiva y no requiere juicio subjetivo”).[90]
Ciencias cognitivas y del comportamiento
Las ciencias cognitivas y las ciencias del comportamiento intentan describir, explicar y predecir cómo las personas piensan y actúan. Sus modelos se basan a menudo en la suposición de que las personas son racionales. Por ejemplo, la economía clásica se basa en la suposición de que las personas son agentes racionales que maximizan la utilidad esperada. Sin embargo, las personas frecuentemente se apartan de los estándares ideales de racionalidad de diversas maneras. Por ejemplo, pueden buscar solo evidencia que confirme sus creencias e ignorar evidencia que las desconfirme. Otro factor estudiado en este ámbito son las limitaciones de las capacidades intelectuales humanas. Muchas discrepancias respecto a la racionalidad están causadas por tiempo, memoria o atención limitados. A menudo se emplean heurísticas y reglas prácticas para mitigar estas limitaciones, pero pueden conducir a nuevas formas de irracionalidad.[14][7][49]
Lógica
La racionalidad teórica está estrechamente relacionada con la lógica, pero no es idéntica a ella.[14][1] La lógica suele definirse como el estudio de los argumentos correctos. Esto concierne a la relación entre las proposiciónes utilizadas en el argumento: si sus premisas ofrecen apoyo a su conclusión. La racionalidad teórica, por otro lado, trata de qué creer o cómo cambiar las propias creencias. Las leyes de la lógica son relevantes para la racionalidad en tanto el agente debe cambiar sus creencias si las violan. Pero la lógica no trata directamente sobre qué creer. Además, también existen otros factores y normas aparte de la lógica que determinan si es racional mantener o cambiar una creencia.[14] El estudio de la racionalidad en lógica se ocupa más de la racionalidad epistémica —es decir, adquirir creencias de manera racional— que de la racionalidad instrumental.
Teoría de la decisión
Una explicación influyente de la racionalidad práctica la proporciona la teoría de la decisión.[14][6][1] Las decisiones son situaciones en las que una serie de cursos de acción posibles están disponibles para el agente, quien debe elegir uno de ellos. La teoría de la decisión investiga las reglas que rigen qué acción debe elegirse. Supone que cada acción puede conducir a una variedad de resultados. A cada resultado se asocia una probabilidad condicional y una utilidad. El “ganancia esperada” de un resultado puede calcularse multiplicando su probabilidad condicional por su utilidad. La “utilidad esperada” de un acto equivale a la suma de todas las ganancias esperadas de los resultados asociados a él. A partir de estos elementos básicos, es posible definir la racionalidad de las decisiones: una decisión es racional si selecciona el acto con la utilidad esperada más alta.[14][1] Aunque la teoría de la decisión proporciona un tratamiento formal muy preciso de esta cuestión, deja abierto el problema empírico de cómo asignar utilidades y probabilidades. Así, la teoría de la decisión puede conducir todavía a malas decisiones empíricas si se basa en asignaciones deficientes.[14]
Según los teóricos de la decisión, la racionalidad es primordialmente una cuestión de consistencia interna. Esto significa que los estados mentales de una persona, como sus creencias y preferencias, sean consistentes entre sí o no se contradigan. Una consecuencia de esta postura es que personas con creencias claramente falsas o preferencias perversas aún pueden contarse como racionales si estos estados mentales son consistentes con sus otros estados mentales.[5] La utilidad suele entenderse en términos de interés propio o preferencias personales. Sin embargo, este no es un aspecto necesario de la teoría de la decisión, y también puede interpretarse en términos de bondad o valor en general.[5][68]
Teoría de juegos
La teoría de juegos está estrechamente relacionada con la teoría de la decisión y el problema de la elección racional.[5][6] La elección racional se basa en la idea de que los agentes racionales realizan un análisis coste-beneficio de todas las opciones disponibles y eligen la opción que es más beneficiosa desde su punto de vista. En el caso de la teoría de juegos, intervienen varios agentes. Esto complica aún más la situación, ya que si una opción es la mejor para un agente puede depender de las elecciones de otros. La teoría de juegos puede usarse para analizar diversas situaciones, como jugar ajedrez, empresas compitiendo por negocio o animales luchando por presas. La racionalidad es un supuesto central de la teoría de juegos: se asume que cada jugador elige racionalmente en función de lo que es más beneficioso para él. De este modo, el agente puede ser capaz de anticipar cómo elegirán otros y cuál es su mejor elección relativa al comportamiento de los demás.[5][91][92][93] Esto a menudo resulta en un equilibrio de Nash, que constituye un conjunto de estrategias, una para cada jugador, en el que ningún jugador puede mejorar su resultado cambiando unilateralmente su estrategia.[5][91][92]
Bayesianismo
Un enfoque contemporáneo popular sobre la racionalidad se basa en la epistemología bayesiana.[5][94] La epistemología bayesiana ve la creencia como un fenómeno continuo que se presenta en grados. Por ejemplo, Daniel está relativamente seguro de que los Boston Celtics ganarán su próximo partido y absolutamente seguro de que dos más dos son cuatro. En este caso, el grado de la primera creencia es más débil que el grado de la segunda. A estos grados se los denomina “credencias” y se representan con números entre 0 y 1, donde 0 corresponde a la incredulidad total, 1 corresponde a la creencia total y 0,5 corresponde a la suspensión del juicio. Los bayesianos entienden esto en términos de probabilidad: cuanto mayor la credencia, mayor la probabilidad subjetiva de que la proposición creída sea verdadera. Como probabilidades, están sujetas a las leyes de la teoría de la probabilidad. Estas leyes actúan como normas de racionalidad: las creencias son racionales si cumplen con ellas e irracionales si las violan.[95][96][97] Por ejemplo, sería irracional tener una credencia de 0,9 de que mañana lloverá y a la vez otra credencia de 0,9 de que mañana no lloverá. Este enfoque de la racionalidad también puede extenderse al ámbito práctico exigiendo que los agentes maximicen su utilidad esperada subjetiva. De este modo, el bayesianismo puede proporcionar un relato unificado tanto de la racionalidad teórica como de la práctica.[5][94][1]
Economía
La racionalidad desempeña un papel clave en la economía y existen diversas corrientes al respecto.[98] En primer lugar, está el concepto de instrumentalidad: básicamente, la idea de que las personas y organizaciones son racionales instrumentalmente, es decir, adoptan las mejores acciones para lograr sus objetivos. En segundo lugar, existe un concepto axiomático según el cual la racionalidad es una cuestión de consistencia lógica dentro de las propias preferencias y creencias. En tercer lugar, las personas se han centrado en la exactitud de las creencias y el uso pleno de la información: desde esta perspectiva, una persona que no es racional tiene creencias que no utilizan plenamente la información disponible.
También surgen debates dentro de la sociología económica respecto a si las personas u organizaciones son “realmente” racionales, así como si tiene sentido modelarlas como tales en modelos formales. Algunos han argumentado que una forma de racionalidad limitada tiene más sentido para tales modelos.
Otros piensan que cualquier tipo de racionalidad en la línea de la teoría de la elección racional es un concepto inútil para comprender el comportamiento humano; el término homo economicus (hombre económico: el hombre imaginario asumido en los modelos económicos que es lógicamente consistente pero amoral) fue acuñado en gran medida en honor a esta visión. La economía del comportamiento busca dar cuenta de los actores económicos tal como realmente son, permitiendo sesgos psicológicos, en lugar de asumir una racionalidad instrumental idealizada.
Inteligencia artificial
El campo de la inteligencia artificial se ocupa, entre otras cosas, de cómo los problemas de racionalidad pueden implementarse y resolverse por computadoras.[6] Dentro de la inteligencia artificial, un agente racional suele ser aquel que maximiza su utilidad esperada, dado su conocimiento actual. La utilidad es la utilidad de las consecuencias de sus acciones. La función de utilidad está definida arbitrariamente por el diseñador, pero debe ser una función del “rendimiento”, que son las consecuencias directamente medibles, como ganar o perder dinero. Para hacer un agente seguro que juegue a la defensiva, a menudo se desea una función no lineal del rendimiento, de modo que la recompensa por ganar sea menor que el castigo por perder. Un agente puede ser racional dentro de su propio ámbito de problemas, pero encontrar la decisión racional para problemas arbitrariamente complejos no es prácticamente posible. La racionalidad del pensamiento humano es un problema clave en la psicología del razonamiento.[99]
Relaciones internacionales
Existe un debate continuo sobre los méritos de utilizar “racionalidad” en el estudio de las relaciones internacionales (RI). Algunos académicos la consideran indispensable.[100] Otros son más críticos.[101] Aun así, el uso generalizado y persistente de la “racionalidad” en la ciencia política y en las RI es incuestionable. La “racionalidad” sigue siendo ubicua en este campo. Abulof encuentra que alrededor del 40% de todas las referencias académicas a “política exterior” aluden a la “racionalidad”, y esta proporción aumenta a más de la mitad de las publicaciones pertinentes en los años 2000. Además, argumenta que, cuando se trata de políticas exteriores y de seguridad concretas, el empleo de la racionalidad en las RI roza la “mala praxis”: las descripciones basadas en la racionalidad son en gran medida falsas o infalsables; muchos observadores no explicitan el significado de “racionalidad” que emplean; y el concepto se usa frecuentemente con fines políticos para distinguir entre “nosotros y ellos”.[102]
Véase también[editar | editar código]
Referencias[editar | editar código]
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Bibliografía adicional[editar | editar código]
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- Wikipedia:Páginas con referencias con parámetros desconocidos
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- Filosofía