Bioética

De Enciclopedia Salmantina

La bioética es la rama de la ética dedicada a promover los principios para la conducta más apropiada del ser humano con respecto a la vida, tanto de la vida humana como del resto de seres vivos, así como al ambiente en el que pueden darse condiciones aceptables para la misma.

Se trata de una disciplina relativamente nueva. El término fue utilizado por primera vez en 1927 por Fritz Jahr, quien lo aplicó en un artículo sobre la relación ética del ser humano con las plantas y los animales.[1][2] Más adelante, en 1970, el bioquímico estadounidense dedicado a la oncología Van Rensselaer Potter utilizó el término bio-ethics en un artículo sobre «la ciencia de la supervivencia».[3][4][5]

En su sentido más amplio, la bioética, a diferencia de la ética médica, no se limita al ámbito médico, sino que incluye todos los problemas éticos que tienen que ver con la vida en general, extendiendo de esta manera su campo a cuestiones relacionadas con el medio ambiente y al trato debido a los animales. Se han formulado una serie de definiciones respecto a la disciplina de la Bioética, siendo una de ellas la adoptada por la Unidad Regional de Bioética de la OPS (Organización Panamericana de la Salud), con sede en Santiago de Chile y que, modificada por el S. J. Alfonso Llano Escobar en una revista de la especialidad, define a la Bioética como «el uso creativo del diálogo inter y transdisciplinar entre ciencias de la vida y valores humanos para formular, articular y, en la medida de lo posible, resolver algunos de los problemas planteados por la investigación y la intervención sobre la vida, el medio ambiente y el planeta Tierra».[6] Sin embargo, cabe destacar, que ya en 1978, el Kennedy Institute de la Universidad jesuita de Georgetown en Estados Unidos, había publicado la primera Enciclopedia de Bioética en cuatro volúmenes, dirigida por Warren Reich, un teólogo católico, donde se define a la Bioética como el "estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y la salud, examinado a la luz de los valores y principios morales".[7]

Ámbitos[editar | editar código]

El término ≪bioética≫ empezó a utilizarse a comienzos de la década de 1970 para referirse a una serie de trabajos científicos que tienen por objeto la reflexión sobre una variada gama de fenómenos vitales: desde las cuestiones ecológicas a las clínicas, desde el problema de la investigación con humanos a la pregunta por los presuntos derechos de los animales. En este sentido, la bioética sería una ≪macroética≫, una manera de enfocar toda la ética desde la perspectiva de la vida amenazada.[8] Sin embargo, la necesidad de acotar con mas precisión los diversos ámbitos de problemas ha llevado a reservar el termino bioética para las cuestiones relacionadas con las ciencias de la salud y la biotecnología.

Algunos problemas que, en principio, pertenecen al ámbito de la bioética, como es el caso del suicidio, la eutanasia y el aborto provocado, han trascendido ampliamente los dominios de este modesto saber ético y se han convertido en cuestiones sociales de cierta magnitud. A ello han contribuido, sin duda, multitud de factores de todo tipo (culturales, económicos, sociológicos, políticos, etc.). Algunas de las aportaciones de la ética contemporánea, como la distinción entre éticas deontológicas de mínimos y éticas teleológicas de máximos, son muy fructíferas a la hora de encarar esas cuestiones con alguna probabilidad de esclarecimiento.

Aunque la bioética está muy relacionada con la ética, no son lo mismo. En el caso de la medicina, la ética médica no es idéntica a la bioética médica: la ética médica trata los problemas planteados por la práctica de la medicina mientras que la bioética es un tema más amplio que aborda los problemas morales derivados de los avances en las ciencias biológicas en general. La bioética se diferencia de la ética, según algunos autores, en que no necesita la aceptación de ciertos valores tradicionales que son fundamentales para la ética.[9]

  • Problemas éticos derivados de las profesiones sanitarias: transfusiones de sangre, eutanasia, trasplantes de órganos, reproducción asistida o mediante fertilización in vitro, aborto, todos los asuntos implicados en la relación médico-paciente.
  • Problemas de la investigación científica, en particular la investigación biomédica y biotecnológica, que tanto pueden transformar al hombre: manipulación genética, tecnologías reproductivas como la fecundación in vitro o la (por ahora solo hipotética) clonación humana, etc.
  • Los problemas ecológicos, del medio ambiente y la biosfera: necesidad de conservación del medio ambiente, como mantener el equilibrio entre las especies y el respeto hacia los animales y la naturaleza, impedir el uso de energía nuclear, controlar el crecimiento de la población mundial y el incremento del hambre en los países pobres, etc.
  • Influencia social y política de las cuestiones anteriores, en cuanto a legislación, educación, políticas sanitarias, religión, etc.
  • Temáticas relativas a la relación entre neurología y ética, que daría lugar a lo que se conoce como neuroética.

La bioética abarca las cuestiones éticas acerca de la vida que surgen en las relaciones entre biología, nutrición, medicina, química, política (no debe confundirse con la "biopolítica"),[10] derecho, filosofía, sociología, antropología, teología, etc. Existe un desacuerdo acerca del dominio apropiado para la aplicación de la ética en temas biológicos. Algunos bioéticos tienden a reducir el ámbito de la ética a lo relacionado con los tratamientos médicos o con la innovación tecnológica. Otros, sin embargo, opinan que la ética debe incluir lo relativo a todas las acciones que puedan ayudar o dañar organismos capaces de sentir miedo y dolor. En una visión más amplia, no solo hay que considerar lo que afecta a los seres vivos (con capacidad de sentir dolor o sin tal capacidad), sino también al ambiente en el que se desarrolla la vida, por lo que también se relaciona con la ecología.

El criterio ético fundamental que regula esta disciplina es el respeto al ser humano, a sus derechos inalienables, a su bien verdadero e integral: la dignidad de la persona. En ese sentido, la Guía de Bioética de la Comunidad de Castilla y León (España) en su sección “Rechazo al tratamiento - Cuestiones éticas, deontológicas y jurídicas”, en su apartado 9, expone lo siguiente:

9. ¿Hay que procurar salvar siempre la vida del enfermo?

La vida es un bien que hay que procurar defender y conservar, aunque no siempre ni a cualquier precio, porque no tiene un valor absoluto, sino un valor básico. Eso significa que la vida es una condición de posibilidad, es necesaria para poder respetar y proteger otros bienes, algunos de los cuales pueden ser más importantes (es decir, de más valor) incluso que la propia vida.

Sucede, por ejemplo, cuando se protege la vida de un hijo o de otra persona, aun a costa de perder la vida propia, o cuando se defiende hasta la muerte una creencia religiosa. Tal es el caso de los héroes o de los mártires. Mutatis mutandis, una persona puede llegar a rechazar un tratamiento aunque su vida corra peligro, motivada por una convicción religiosa o de otra índole.

El profesional no tiene que emplear siempre todos los medios disponibles para conservar la vida de los pacientes. Hay que evitar el empleo de medidas desproporcionadas (por lo tanto contraindicadas) y no caer en la obstinación terapéutica. Pero además, aunque se trate de procedimientos indicados técnicamente, la obligación de proteger la vida y la salud de los enfermos no se puede convertir en la obligación de salvar su vida a toda costa, menos aún en contra de su expresa voluntad autónoma.[11]

Por la íntima relación que existe entre la bioética y la antropología, la visión que de ésta se tenga condiciona y fundamenta la solución ética de cada intervención técnica sobre el ser humano.

La bioética es con frecuencia asunto de discusión política, lo que genera crudos enfrentamientos entre aquellos que defienden el progreso tecnológico en forma incondicionada y aquellos que consideran que la tecnología no es un fin en sí, sino que debe estar al servicio de las personas y bajo el control de criterios éticos; o entre quienes defienden los derechos para algunos animales y quienes no consideran tales derechos como algo regulable por la ley;[12] o entre quienes están a favor o en contra del aborto o la eutanasia.

Origen e historia[editar | editar código]

Las primeras declaraciones de bioética surgen con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo se escandalizó tras el descubrimiento de los experimentos médicos llevados a cabo por los facultativos del régimen hitleriano sobre los prisioneros en los campos de concentración. Esta situación, a la que se suma el dilema planteado por el invento de la fístula para diálisis renal de Scribner (Seattle, 1960), las prácticas del Hospital Judío de Enfermedades Crónicas (Brooklyn, 1963) o la Escuela de Willowbrook (Nueva York, 1963), van configurando un panorama donde se hace necesaria la regulación, o al menos, la declaración de principios a favor de las víctimas de estos experimentos. Ello determina la publicación de diversas declaraciones y documentos bioéticos a nivel mundial.

Los principios de la bioética[editar | editar código]

En 1979, los bioeticistas Tom Beauchamp y James Franklin Childress,[13][14] definieron los cuatro principios que son la base de la bioética clínica contemporánea: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia.[15][16]

En un primer momento definieron que estos principios son prima facie, esto es, que vinculan (son obligatorios) siempre y cuando no colisionen entre ellos, en cuyo caso habrá que dar prioridad a uno u otro, dependiendo del caso. Han de ser seguidos siempre que no entren en conflicto, y nos obligan a reflexionar y ponderar cuando entran entre sí en conflicto. Sin embargo, en 2003 Beauchamp considera que los principios deben ser especificados para aplicarlos a los análisis de los casos concretos, o sea, deben ser discutidos y determinados por el caso concreto a nivel casuístico.[17]

Estos principios han sido fundamentados filosóficamente en el concepto de persona entendida como interlocutor válido para apreciar plenamente su validez intersubjetiva.[18]

Autonomía[editar | editar código]

La autonomía expresa la capacidad para darse normas o reglas a uno mismo sin influencia de presiones, que Gómez-Pineda va a trasladar a la bioética clínica como «la capacidad del paciente de servirse de su propio entendimiento, en sentido positivo o, sin la dirección del médico, en sentido negativo»[19] que, recoge la idea de C. B. Macpherson de que «el individuo es, esencialmente, el propietario de su propia persona y de sus capacidades».[20]

Este principio incorpora dos convicciones éticas: primera, que los individuos deberían ser tratados como seres autónomos, y segunda, que las personas cuya autonomía está disminuida deben ser objeto de protección.

El principio de autonomía tiene un carácter imperativo y debe respetarse como norma, excepto cuando se dan situaciones en que las personas puedan no ser autónomas o presenten una autonomía disminuida (personas en estado vegetativo o con daño cerebral, etc.), en cuyo caso será necesario justificar por qué no existe autonomía o por qué esta se encuentra disminuida.

El rechazo del paternalismo es un logro de la Ilustración que ha dado paso al principio de autonomía como expresión del reconocimiento de que los afectados por la acción médica no son seres heterónomos, incapaces de decidir acerca de su propio bien, sino, por el contrario, seres autónomos a quienes se debe consultar en muchos momentos. En el ámbito médico, la máxima expresión de este principio de autonomía es el consentimiento informado, constituyendo un derecho del paciente y un deber del médico, pues las preferencias y los valores del enfermo son primordiales desde el punto de vista ético y suponen que el objetivo del médico es respetar esta autonomía. En el ordenamiento jurídico español, la Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica, define el consentimiento informado como «la conformidad libre, voluntaria y consciente de un paciente, manifestada en el pleno uso de sus facultades después de recibir la información adecuada, para que tenga lugar una actuación que afecta a su salud» (art. 3).

No maleficencia[editar | editar código]

El principio de no maleficencia es, con toda probabilidad, el más antiguo de los que guían la praxis médica. Forma parte de la medicina clásica hipocrática,[21] y es también el segundo de los deberes jurídicos expuestos por Ulpiano en el Corpus iuris civilis, y que dice ≪neminen laede≫ (no dañes a nadie).

El principio de no maleficencia significa abstenerse intencionadamente de realizar actos que puedan causar daño o perjudicar a otros. En medicina, este principio debe encontrar una interpretación adecuada pues a veces las actuaciones médicas dañan para obtener un bien. Entonces, de lo que se trata es de no perjudicar innecesariamente a otros. El análisis de este principio va de la mano con el de beneficencia, para que prevalezca el beneficio sobre el perjuicio.

Aparece por primera vez en el Informe Belmont (1978).

Beneficencia[editar | editar código]

Según el principio de beneficencia, no solo se debe respetar las decisiones de las personas (principio de autonomía) y protegerlas del daño (principio de no maleficencia), sino también hacer un esfuerzo por asegurar su bienestar. La beneficencia no se entiende aquí como una actitud supererogatoria, sino como una obligación del médico, y en este sentido se explicita en la obligación de extremar los posibles beneficios y minimizar los posibles riesgos.

El principio de beneficencia supone la obligación de actuar en beneficio de otros, promoviendo sus legítimos intereses. En medicina, promover el interés del paciente pero sin tener en cuenta la opinión de este. Supone que el médico posee una formación y conocimientos de los que el paciente carece, por lo que aquel sabe (y por tanto, decide) lo más conveniente para este. Es decir "todo para el paciente pero sin contar con él".

Un primer obstáculo al analizar este principio es que desestima la opinión del paciente, primer involucrado y afectado por la situación, prescindiendo de su opinión debido a su falta de conocimientos médicos. Sin embargo, las preferencias individuales de médicos y de pacientes pueden discrepar respecto a qué es perjuicio y qué es beneficio. Por ello, es difícil defender la primacía de este principio, pues si se toman decisiones médicas desde este, se dejan de lado otros principios válidos como la autonomía o la justicia.

Dado que el bien del enfermo puede ser entendido de maneras distintas por parte del médico y del enfermo, poco a poco se ha ido cayendo en la cuenta de la necesidad de superar ese paternalismo médico por el cual los profesionales de la sanidad imponían su propia concepción del bien al enfermo sin contar con el con sentimiento de este, dando así lugar al principio de autonomía.

Justicia[editar | editar código]

El principio de justicia es el más reciente en la conciencia médica y en la conciencia social. Intenta responder a la pregunta: ≪¿Quién debe recibir los beneficios de la investigación médica y sufrir sus cargas?≫. En un mundo en el que los recursos son escasos y las necesidades son muy amplias y variadas, se necesitan criterios para administrar tales recursos de tal manera que el resultado se pueda considerar justo.

Este principio puede interpretarse de diversas maneras, conforme a la concepción filosófico-política que se adopte (liberal, socialista, anarquista, etc.), pero en cualquier caso parece haber un cierto grado de convergencia entre distintas teorías de la justicia que permite hablar de un ≪mínimo decente≫ o decent minimum, término acuñado y desarrollado por Charles Fried (Right and Wrong, 1978) y Norman Daniels (Just Health Care, 1985). Se trata de cierto tipo de acuerdo social que obliga al Estado a garantizar unos niveles elementales de asistencia sanitaria a toda la población, dado que no sería justo desatender ciertas necesidades primarias de salud de los ciudadanos.

Este principio de justicia puede llevar, en algunos casos, a negar la financiación pública a ciertos tratamientos especialmente costosos a los pacientes que los necesitan, especialmente cuando no peligra la vida de la persona o cuando no se poseen garantías suficientes respecto a la posible eficacia de dichos tratamientos, puesto que la prioridad de los gastos sanitarios públicos, el bien interno de esta distribución económica, no puede ser otro que la garantía del mínimo decente a todas las personas.

Gen-ética[editar | editar código]

Los avances científicos en el terreno de la ingeniería genética despiertan algún recelo por parte de los sectores sociales mejor informados, puesto que se trata de un conjunto de conocimientos que puede poner en manos de ciertas personas el poder de decidir el futuro de la evolución biológica de muchas especies de seres vivos, incluida la especie humana. Las técnicas desarrolladas en este campo permiten aplicaciones que cualquiera consideraría beneficiosas, como la erradicación de ciertas enfermedades hereditarias o la consecución de nuevas especies de animales y vegetales que puedan ser útiles a la humanidad por cualquier motivo (económico, ecológico, sanitario, etc.), pero también permiten aplicaciones más discutibles, como la posibilidad de «crear» nuevos tipos de seres humanos a partir de modificaciones genéticas en algunos aspectos que alguien pudiera considerar convenientes.

Por vez primera en la historia de la humanidad, nos encontramos ante la posibilidad de alterar el patrimonio genético de las generaciones futuras. No sólo podemos trabajar con el material genético, pero sin modificarlo (como ocurre con la inseminación artificial, la fertilización in vitro, la clonación o la elección del sexo de los embriones), sino que podemos también trabajar en él, modificando su estructura interna. Podemos fijar los fines del proceso evolutivo futuro, y esto nos plantea cuestiones muy graves que la ética no puede eludir: 1) ¿Cuáles son los fines últimos de la investigación y la manipulación genéticas? y 2) ¿Quiénes están legitimados para tomar decisiones en estos asuntos?

Algunos autores han adoptado desde hace tiempo una posición cientificista en estos asuntos, arguyendo que la objetividad de la ciencia obliga a adoptar el postulado de la neutralidad weberiano, según el cual las cuestiones éticas serían meramente subjetivas, irracionales e inargumentables, mientras que la ciencia permanecería en el dominio de la racionalidad, la objetividad y la comunicabilidad, y por ello se recomienda a los científicos que dejen a un lado las consideraciones éticas y se concentren en un estudio neutral de los hechos. Sin embargo, el cientificismo comete el error de identificar un tipo muy concreto de racionalidad (la racionalidad de las ciencias que tratan de hechos) con toda la racionalidad. No es verdad que no pueda argumentarse de un modo intersubjetivamente válido acerca de los fines últimos de la investigación científica, como tampoco es verdad que las cuestiones éticas en general pertenezcan al terreno de lo puramente emotivo. Por el contrario, existen buenas razones para afirmar que ciertas cuestiones, como las planteadas en torno a las futuras aplicaciones de la investigación genética, son cuestiones que escapan claramente al cometido de la ciencia , y que no por ello deben ser confinadas en el terreno de la irracionalidad. Por el contrario, la ética posee los recursos intelectuales necesarios para abordar esas cuestiones con racionalidad, ayudando a encontrar soluciones justas.

La racionalidad ética se mueve hoy en el terreno del diálogo, de la interdisciplinariedad y de la búsqueda cooperativa de respuestas a los interrogantes éticos. En este sentido, la respuesta a la cuestión de los fines últimos y aplicaciones de la investigación genética sólo puede encontrarse desde la apertura de un diálogo público y abierto en el que las distintas posiciones morales presentes en una sociedad pluralista puedan ir participando sin imposiciones unilaterales ni exclusiones, de modo que los ciudadanos en general, en tanto que afectados, sean considerados como interlocutores válidos en un asunto de tan graves consecuencias. Así pues, no parece posible responder de un modo apriorístico a la pregunta por los fines últimos de la manipulación genética, pero sí podemos afirmar que si fuesen fijados por un pequeño grupo, a espaldas del resto de la humanidad, tal decisión no podría considerarse sino despótica e injusta. Y también, que si tales fines fuesen fijados de este o de cualquier otro modo sin reparar en las consecuencias previsibles de estas actividades, semejante decisión sería moralmente incorrecta por irresponsable.

La cuestión capital es, entonces, la de quiénes tienen derecho a decidir si finalmente se lleva a cabo o no una determinada modificación genética de una especie, particularmente la especie humana. Existe la posibilidad real de que estas decisiones queden en manos de grandes empresas, o bien de los gobiernos de los países más ricos, con lo cual se podría estar excluyendo a la mayor parte de la población del planeta de la posibilidad de intervenir en el diálogo y en la correspondiente toma de decisiones. Por esta vía se corre un grave riesgo de que aumente todavía más la dominación de todo tipo por parte de los países y empresas que ya tienen hegemonía en el mundo.

Otro riesgo en este terreno es el de que las decisiones importantes se dejen en manos de los «expertos» o de los representantes políticos. Con respecto a la posibilidad de que sean los expertos en cuestiones genéticas quienes fijen por sí mismos los fines últimos, la ciencia tiene unos límites muy precisos, de modo que los científicos son expertos en cuanto a los medios que habría que disponer para conseguir determinados fines, pero respecto a la conveniencia de alcanzar unos fines u otros, nadie se puede considerar experto: no hay «expertos en fines» y precisamente por eso es necesario abrir el diálogo a todos en este aspecto. En cuanto a que sean los políticos de oficio quienes se encarguen de los asuntos relacionados con la manipulación genética, conviene observar que tales asuntos son demasiado delicados como para ser introducidos en las contiendas políticas. Sería demasiado ingenuo creer que los representantes políticos, por el hecho de serlo, van a velar siempre por los intereses de todos, superando todo partidismo.

La ética de la investigación y la manipulación genética aborda la toma de decisiones responsable por parte de los afectados (con el debido asesoramiento de una pluralidad de expertos) teniendo en cuenta no sólo sus intereses individuales, sino los universalizables. Las dificultades que entraña esta tarea son enormes, pero ello no debe hacernos perder de vista que, si nos tomamos en serio la noción de persona como interlocutor válido, tenemos que ir avanzando, al menos, en las siguientes tareas: 1) lograr que los expertos comuniquen sus investigaciones a la sociedad, que las acerquen al gran público, de modo que éste pueda codecidir de forma autónoma, es decir, contando con la información necesaria para ello; 2) concienciar a los individuos de que son ellos quienes han de decidir, saliendo de su habitual apatía en estos asuntos, y 3 ) educar moralmente a los individuos en la responsabilidad por las decisiones que pueden implicar, no sólo a individuos, sino incluso a la especie. Este «educar moralmente» supone mostrar a la vez la responsabilidad que el hombre de la calle tiene de informarse seriamente sobre estos temas y el deber de tomar decisiones atendiendo a intereses que van más allá de los sectoriales.

Si queremos que los intereses que satisfaga la investigación científica sean plenamente humanos y no unilaterales, todos tenemos que asumir la responsabilidad de informarnos, dialogar y tomar las decisiones desde intereses universalizables.

Bioética y ética medioambiental[editar | editar código]

En la actualidad se está produciendo entre los especialistas en ética ecológica un fenómeno que resulta expresivo de lo que suele ocurrir en otras muchas parcelas de la ética: por una parte, existe un amplio consenso respecto a la necesidad de adoptar un modelo de desarrollo sostenible y disponer toda clase de medidas eficaces para hacer frente a problemas como la deforestación, la lluvia ácida, el agujero de la capa de ozono, el tratamiento de recursos tóxicos, la contaminación de los mares, la protección de la biodiversidad, etc., pero, por otra parte, las concepciones éticas discrepan entre sí en cuanto a las razones últimas por las cuales se hace necesario tomar en serio los problemas ecológicos.

Mientras que las llamadas «éticas antropocéntricas» sostienen que lo que está en juego en las cuestiones ecológicas son las necesidades, intereses y derechos de los individuos pertenecientes a la especie humana (incluyendo los de futuras generaciones), las llamadas «éticas biocéntricas» o «éticas centradas en la vida» consideran moralmente relevantes los intereses de todos los seres vivos, si bien no confieren a todos idéntica significación moral, dado que unos organismos son más complejos que otros, o corren más peligro de extinción, etc.

Sin embargo, aunque las diferencias de enfoque pueden provocar ciertas discrepancias puntuales (por ejemplo, con respecto a la conveniencia o no del libre acceso de visitantes a las zonas protegidas, o acerca de la necesidad o no de prohibir la fabricación y uso de ciertos productos, etc.), las distintas éticas ecológicas coinciden en la necesidad de que se reconozcan las causas últimas que han provocado el desastre ecológico: la insolidaridad que ha sumido en la miseria económica y cultural a una gran parte de la población mundial.

Existe un amplio acuerdo en que el problema ecológico no es un problema técnico, sino moral. Sabemos en gran medida todo lo que hace falta saber para evitar la contaminación de la ecosfera, pero no hemos puesto aún los medios adecuados para hacerlo. La cuestión, desde el punto de vista ético, está clara: la conciencia moral alcanzada en las sociedades democráticas modernas (lo que venimos llamando ética cívica) incluye el imperativo moral de avanzar en el reconocimiento efectivo de los derechos humanos, incluido el derecho a gozar de un medio ambiente sano que forma parte de los llamados «derechos de la tercera generación».

Las medidas de carácter jurídico adoptadas en algunos países (inspiradas en el principio general de que «el que contamina paga») poseen una eficacia muy limitada, al menos mientras que las empresas contaminantes puedan marcharse a seguir contaminando en otros países más permisivos (generalmente más pobres, y por tanto más necesitados de que se instalen en ellos nuevas industrias, a pesar de que contaminen). Tampoco es suficiente que las leyes de algunos países tropicales prohíban la quema de bosques mientras los campesinos que malviven junto a ellos no vean otra salida a su situación de miseria que la deforestación de nuevas parcelas de la selva para dedicarlas al cultivo.

En resumen, la cuestión de fondo en la mayor parte de los problemas ecológicos es la situación de injusticia económica que padece una gran parte de la humanidad. Por ello, si tomamos en serio el reconocimiento de toda persona como interlocutor válido, las cuestiones ecológicas han de ser enfocadas como cuestiones en las que están en juego, en realidad, los derechos más elementales de millones de personas. Sólo en la medida en que se haga efectiva la solidaridad, tanto entre los pueblos de la Tierra como en el interior de cada sociedad, puede haber una verdadera solución al problema del deterioro de la ecosfera.

Véase también[editar | editar código]

Referencias[editar | editar código]

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Bibliografía[editar | editar código]

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  • Valls, Ramón: Ética para la bioética, y a ratos para la política. Gedisa, Barcelona, 2003. ISBN 978-84-7432-978-0
  • Vila-Coro Barrachina, María Dolores (2010). La vida humana en la encrucijada. Pensar la bioética. Madrid: Ediciones Encuentro. ISBN 9788499200132. 
  • Herreros Ruiz-Valdepeñas B, Bandrés Moya F (coordinadores). Historia Ilustrada de la Bioética. Madrid: Fundación Tejerina; 2015. ISBN 978-84-939918-9-0
  • Hurtado Hoyo, E.; Losardo, R. J. y Bianchi, R. E., (2021). Salud plena e integral: un concepto más amplio de salud. Rev. Asoc. Méd. Argent. Vol. 134, N.º1, pág. 18-25.

Bioética aplicada[editar | editar código]

Aborto / estatus del embrión[editar | editar código]

  • Dworkin, Ronald: El dominio de la vida. Una discusión acerca del aborto, la eutanasia y la libertad individual. Versión española de Ricardo Caracciolo y Víctor Ferreres (Universitat Pompeu Fabra) del original Life's Dominion, 1.ª ed., 1993. Ed. Ariel, Barcelona, 1994. ISBN 84-344-1115-6.
  • Singer, Peter: Repensando la vida y la muerte. Oxford University Press, 1994. ISBN 84-493-0414-8.
  • Lucas Lucas, Ramón, El inicio de la vida: Identidad y estatuto del embrión humano, Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1999. ISBN 84-7914-430-0 ISBN 978-84-7914-430-2
  • Thomasma, David y Kushner, Thomasine: De la vida a la muerte: ciencia y bioética. Traducción española de la primera edición (1999) hecha por Rafael Herrera Bonet. Cambridge University Press, Madrid, 1999. ISBN 84-8323-073-9
  • Vázquez, Rodolfo: Del aborto a la clonación. Principios de una bioética liberal. Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2004. ISBN 968-16-7108-2

Comités de ética[editar | editar código]

  • Bellver Capella, Vicente: Por una bioética razonable. Medios de comunicación, comités de ética y derecho. Ed. Comares, Granada, 2006. ISBN 84-9836-017-X
  • Herranz Rodríguez, Gonzalo: Comentarios al código de ética y deontología médica. Eunsa, 1993. ISBN 978-84-313-1182-7

Derecho y legislación[editar | editar código]

  • Fundación Fernando Fueyo Laneri: Derecho, bioética y genoma humano. Editorial Jurídica de Chile, 2003. ISBN 956-10-1497-1
  • Francesco D'Agostino (2003). Bioética, estudios de filosofía del derecho. Ediciones Internacionales Universitarias-. ISBN 978-84-8469-075-7. 
  • 'La responsabilidad civil y penal del médico'. ICOMEM, 1999. Dep legal: M-39653-1999 (sin ISBN)

Eutanasia[editar | editar código]

  • Comité Consultivo de Bioética de Cataluña: Informe sobre la eutanasia y la ayuda al suicidio. Ed. Prous Science, 2006. ISBN 84-8124-228-4
  • Comité de Bioética de España, Informe del Comité de Bioética de España sobre el final de la vida y la atención en el proceso de morir, en el marco del debate sobre la regulación de la eutanasia: propuestas para la reflexión y la deliberación, Consultado el 7 de julio de 2023
  • Dworkin, Ronald: El dominio de la vida. Una discusión acerca del aborto, la eutanasia y la libertad individual. Versión española de Ricardo Caracciolo y Víctor Ferreres (Universitat Pompeu Fabra) del original Life's Dominion, 1.ª ed., 1993. Ed.  Ariel, Barcelona, 1994. ISBN 84-344-1115-6.
  • Dworkin, Gerald; Frey, R. G. y Bok, Sissela: La eutanasia y el auxilio médico al suicidio. Traducción de la primera edición en Cambridge (1998) hecha por Carmen Francí Ventosa. Cambridge University Press, Madrid, 2000. ISBN 84-8323-109-3
  • Thomasma, David y Kushner, Thomasine: De la vida a la muerte: ciencia y bioética. Traducción española de la primera edición (1999) hecha por Rafael Herrera Bonet. Cambridge University Press, Madrid, 1999. ISBN 84-8323-073-9

Genética[editar | editar código]

  • Alonso Bedate, Carlos y Mayor Zaragoza, Federico (coord.): Gen-ética. Editorial Ariel, Barcelona, 2004. ISBN 84-344-1241-1

Medio ambiente y animales[editar | editar código]

  • Grupo Ad Hoc sobre Diversidad Biológica (ILSA, Instituto de Gestión Ambiental, Grupo Semillas, Fondo Mundial para la Naturaleza): Diversidad biológica y cultural. Retos y propuestas desde América Latina. Ed. ILSA, Santa Fe de Bogotá, 1998. ISBN 978-958-9262-02-3
  • Riechmann, Jorge: Ética ecológica: propuestas para una reorientación. Ed. Nordan, Montevideo, 2004. ISBN 84-7426-697-1
  • Riechmann, Jorge: Todos los animales somos hermanos. Ensayos sobre el lugar de los animales en las sociedades industrializadas. Ed. Universidad de Granada, 2003. ISBN 978-84-338-3046-3
  • Singer, Peter: Liberación animal. Ed. Trotta, Madrid, 1999. ISBN 978-84-8164-262-9
  • Tafalla, Marta: Los derechos de los animales. Idea Books, Barcelona, 2004. ISBN 84-493-1433-X
  • Velayos, Carmen: La dimensión moral del ambiente natural: ¿Necesitamos una nueva ética?. Ed. Comares, Granada, 1996. ISBN 84-8151-366-0
  • Villarroel, Raúl: La naturaleza como texto. Hermenéutica y crisis medio ambiental. Editorial Universitaria, Santiago, de Chile, 2006. ISBN 956-11-1911-0

Relación médico-paciente[editar | editar código]

  • Beauchamp, Tom y Childress, James: "Principios de ética biomédica". Versión española de la cuarta edición de la obra original en lengua inglesa Principles of Biomedical Ethics publicada por Oxford University Press, Nueva York (1994). Traducción de Teresa García-Miguel, Javier Júdez y Lydia Feito, revisión de Diego Gracia y Javier Júdez. Ed. Masson, Barcelona, 1999. ISBN 84-458-0480-4
  • Cabré Pericàs, Lluís (coord.): Decisiones terapéuticas al final de la vida. Editorial Edikamed S.L, Barcelona, 2003. ISBN 84-7877-344-4
  • Organización Médica Colegial (Consejo general de colegios de médicos): 'Código de ética y deontología médica', Madrid. Dep legal M-33966-1999 (sin ISBN)
  • 'Ethical Choices' -Case Studies for Medical Practice'. Lois Snyder, editor. American College of Physicians, 2005. ISBN 1-930513-57-7

Tecnociencias[editar | editar código]

  • Hottois, Gilbert: El paradigma bioético. Una ética para la tecnociencia. Ed. Anthropos, Barcelona, 1991. ISBN 84-7658-308-7

Compilaciones de diferentes temas[editar | editar código]

  • Gómez-Heras, José M. G. Bioética. Perspectivas emergentes y nuevos problemas. Tecnos, 2005. ISBN 84-309-4282-3
  • Gazzaniga, Michael: El cerebro ético. Ed. Paidós, Barcelona, 2006. ISBN 84-493-7-1885-8
  • Pardo Sáenz, José María. Bioética práctica al alcance de todos. Ediciones Rialp, 2004. ISBN 978-84-321-3513-2
  • Singer, Peter: Ética práctica. 2ª Edición, Cambridge University Press, 2003. ISBN 84-344-1027-3
  • Tomás y Garrido, Gloria Mª. Cuestiones actuales de bioética. EUNSA. 2006. ISBN 84-313-2392-2
  • Francisco José Alarcos Martínez (Coord): 'Objeción de conciencia y sanidad', Ed Comares, Granada, 2011. ISBN 978-84-9836-806-2

Enlaces externos[editar | editar código]