Mundo islámico bajomedieval

De Enciclopedia Salmantina

Se denomina mundo islámico bajomedieval al periodo de la historia del mundo islámico comprendido entre el siglo XIII y el siglo XV, desde la invasión mongola hasta los inicios del Imperio otomano.

En el siglo XIII se produjo la ruptura violenta del mundo musulmán; en el este y el oeste fuerzas opuestas al Islam provocaron la fragmentación de la relativa unidad en dos bloques, oriental y occidental, mantenida desde hacía doscientos años. En Occidente el impacto vino por la reconquista hispana y la derrota del Imperio almohade, cuyos restos se repartirían cuatro modestos reinos, escasos de fuerza: el nazarí de Granada, el hafsí de Túnez, el benimerí de Fez y el de los abdalwadíes de Tremecén. El primero era vasallo del reino cristiano de Castilla, y los otros tres se apoyaban en las tribus bereberes.

En Oriente, la irrupción de los mongoles precipitó una situación ya muy debilitada desde la muerte de Saladino en 1193. Gengis Kan y sus sucesores, Ogodei (1229-1241) y Hülegü (1256-1265), tras controlar buena parte del continente asiático, dirigieron las tropas mongolas hacia el flanco oriental de Europa, asomándose al Adriático, recorriendo Polonia y Hungría hasta llegar a las puertas de Viena; en Oriente Próximo provocaron la desaparición del sultanato seldjúcida del Rum (1242), la destrucción de Bagdad (1258) y la ejecución de su último califa abasí. En Egipto, mientras, la dinastía ayubí, fundada por Saladino, organizó un ejército de mercenarios turcomanos, los mamelucos, que defendieron las fronteras y terminaron por hacerse con el poder. En 1260, la marea mongola fue detenida por los mamelucos turcos, lo que dividió el mundo islámico oriental en dos grandes áreas, separadas por el curso medio del río Éufrates: al oeste, el mundo árabo-mameluco, y al este, el mundo «mongol».

Conforme se agota la Edad Media, el mundo islámico será dirigido por el poder turco en expansión por Oriente Próximo y los Balcanes. Bizancio, que se había mantenido tras la caída del Imperio romano en ese mismo ámbito durante casi mil años, se irá disolviendo hasta desaparecer.

El occidente islámico bajomedieval

Los tres sultanatos norteafricanos postalmohades

La desaparición del califato almohade en 1269 tras varios decenios de ruina dio como resultado la formación de cuatro poderes musulmanes que se repartirán su territorio, no así su poder ni su fuerza ideológica. Tres de estos estados se asientan sobre el Magreb: el de la dinastía hafsí sobre Ifriquiya (Túnez, Tripolitania y Argelia oriental), el de los Abdalwadíes en la región de Tremecén (Argelia occidental) y el de los Banû Marin en Marruecos, con centro en Fez; el cuarto, en la península ibérica, constituye el reino nazarí de Granada.

En cada caso, el grupo triunfante se impuso sobre los demás por ser la formación más fuerte de todas las tribus o poderes locales que constituían la base de la organización política de las zonas rurales. El establecimiento se emprendió desde los centros urbanos, aprovechando su control de los ejes de comunicación y comercio para buscar la formación de verdaderos estados. La triple división del Magreb, que perdura hasta nuestros días, significó en el plano político la pérdida de potencial musulmán en el Mediterráneo occidental.

La intervención de los reinos hispanos en la política de los nuevos estados se produjo muy pronto. La fachada magrebí concentraba líneas comerciales muy importantes, cuyo poder se incrementaba conforme se complicaba la situación en el Mediterráneo oriental. El tránsito por el Sahara del oro y esclavos procedentes del África negra desembocaba en los puertos, Tánger, Ceuta, Túnez y Bujía, pero también otras mercancías, como madera, metales, lana, trigo, aceite y tejidos, eran buscadas por los mercaderes europeos, que aprovecharon la fragmentación política para hacerse con la iniciativa comercial.

La respuesta hispana a los intentos meriníes de recuperar el Ándalus (Algeciras, 1333) se produjo en forma de una cruzada occidental en la que participaron tropas castellanas, portuguesas, inglesas, francesas, navarras y las flotas aragonesa y genovesa. Con la llamada guerra del Estrecho se buscó el dominio del paso entre África y Europa. La victoria del Salado, la conquista de Algeciras y la de Gibraltar (1374) resolvieron definitivamente la cuestión y facilitaron la navegación entre el Mediterráneo y el océano. Se iniciaba una nueva era en las comunicaciones marítimas y en el tráfico mercantil.

Frente a la intervención occidental que afectaba a las estructuras políticas y se introducía, sobre todo, en el ámbito urbano, en el Magreb postalmohade se desarrolló, como en el resto del Islam, un proceso de arabización que servía para mantener la unidad cultural como respuesta a la presión política cristiana.

El arte magrebí de los siglos XIV y XV muestra una riqueza extraordinaria. El arte constructivo en Fez, Musara, Tremecén y otras ciudades, con una fuerte influencia andalusí, ha dejado pruebas de una estética exuberante, con abundancia de motivos decorativos policromos sobre una estructura equilibrada y racional, como manifestación de la riqueza material y el dominio de las técnicas.

El reino nazarí de Granada

Evolución política

Nacido, como los tres magrebíes, de la quiebra del dominio almohade, el reino nazarí de Granada se desenvolvió en condiciones muy diferentes. Oficialmente es consecuencia del tratado de Jaén de 1246, por el que Fernando III de Castilla reconocía la existencia del poder de Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr, a cambio de ocupar el territorio jienense, su sumisión y un tributo anual. Los acontecimientos siguientes ―como la conquista de Sevilla (1248), Murcia y Niebla por los castellanos, las sublevaciones de los mudéjares y su expulsión de los territorios cristianos, y la impotencia de los benimerines en su intento de controlar el Estrecho y recuperar el valle del Guadalquivir― pusieron de manifiesto que el reino granadino era el último reducto islámico de Europa y su existencia dependería en el futuro del interés de Castilla para abordar su ocupación. En 1482, los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón decidieron emprender su conquista. Fomentaron las discordias internas y tomaron una a una las ciudades y el área rural de su entorno: Ronda, 1485; Málaga, 1487; Almería, 1489, hasta reducir el espacio a la vega y ciudad de Granada, que el 2 de enero de 1492 se entregaron a las tropas cristianas. Concluía así el largo período de presencia musulmana en la península ibérica.

Gobierno

La dinastía nazarí nunca llegó a alcanzar una estabilidad interna. Fueron continuas las agitaciones y conspiraciones, fomentadas por la propia nobleza granadina (los Banû Sarradj, Abencerrajes, los Kumasa y otros) o introducidas desde fuera por castellanos y benimerines. No obstante, la autoridad del emir granadino en el mundo islámico occidental fue notable: alzó el trono casi un metro sobre el nivel del suelo, adoptó el turbante blanco como cubrecabezas y fue el primero que asumió los títulos honoríficos de resonancias califales. Desde su palacio de la Alhambra, por medio de los visires y con la figura del wazir hayib —una especie de primer ministro recuperado de la organización omeya—, el rey nazarí ejercía un gobierno que en el interior se concentraba en una fiscalidad muy enérgica sobre todas las prácticas productivas, manteniendo un ejército y construyendo fuertes defensas en las ciudades y núcleos estratégicos del territorio. Mostró su expreso sometimiento a la ortodoxia en lo religioso y el patrocinio de manifestaciones culturales y artísticas de raíz tradicional.

Arte

Palacio de los Leones, en la Alhambra (Granada).

El espíritu y la personalidad de los nazaríes quedan reflejados en la arquitectura. Así, las construcciones militares, preparadas para resistir a la artillería, como por ejemplo el recinto granadino de la Alhambra y la alcazaba de Málaga, o las de tipo civil, en especial el interior de la Alhambra y el Generalife, cuya originalidad arquitectónica se compaginó con la delicadeza decorativa obtenida a partir de materiales pobres: escayola, ladrillo y madera; y los jardines, pórticos, fuentes y estanques que rodean los edificios y adornan los patios y pabellones, muestran extrema sensibilidad.

Estructura social

A juzgar por los datos de los contemporáneos, la población era en su mayor parte de origen árabe sirio, bereber (de los grupos zanata y sinhaya) y muladíes; sobre esa base se incorporaron musulmanes expulsados de Jaén, Córdoba, Sevilla y Levante. En las áreas urbanas existían pequeñas comunidades judías y colonias cristianas, especialmente de comerciantes. Al acoger a los que huían de las regiones conquistadas, la demografía alcanzó cifras relativamente altas: de 50.000 a 100.000 habitantes en la capital y de 300.000 a 500.000 en la totalidad del reino, según los autores más moderados.

Economía

La economía del reino nazarí se apoyaba en la agricultura, que se inclinó hacia el cultivo de productos destinados a la industria y al comercio exterior: seda, caña de azúcar y frutos secos, principalmente. La propiedad rural presentaba dos opciones; las grandes propiedades trabajadas por aparceros (saraka) y colonos (amara), pertenecientes a las familias nobles que vivían en las ciudades donde recibían las rentas, formaban parte de los dominios reales o se incluían en los llamados bienes habices de fundaciones piadosas; y, sobre todo, el minifundio y la explotación directa de la pequeña propiedad que a veces estaba tan fragmentada que llegaba, en una misma parcela, a separar el suelo del vuelo (lo que producía la tierra y lo que se suspendía de los árboles), favoreciendo el predominio del policultivo dirigido a la producción para el consumo.

En las actividades industriales destaca la textil de seda y la cerámica de lujo. Respecto al ejercicio del comercio a larga distancia, se observa un crecimiento tanto por el volumen de mercancías involucradas y el monto económico generado, como por el número de mercaderes y la ampliación de los circuitos marítimos que enlazaban Italia y el mar del Norte, la llamada ruta de Poniente.

La intervención de negociantes extranjeros será muy importante. Primero serán los genoveses (1278), a los que se unirán venecianos y florentinos una vez abierta la vía del Estrecho (1374), que a través de acuerdos con los emires granadinos utilizarán sus puertos. Desde mediados del siglo XIV, Málaga se convierte en el principal centro de negocios, frecuentado, sobre todo, por los genoveses que descargan especias, algodón de Quíos, manufacturas procedentes de Italia y del Mediterráneo oriental, papel, armas y, en el viaje de retorno desde el norte de Europa, paños flamencos e ingleses; a su vez, cargan, para difundirlos en sucesivas escalas, azúcar, seda y frutos secos.

Relaciones políticas, militares y comerciales con los Estados europeos

El oriente islámico bajomedieval

La dominación de los mongoles al oriente del Éufrates

Los mongoles

El Imperio mongol de los siglos XIII-XIV se extendió por toda Asia oriental y central, incluida la meseta irania, dando lugar al mayor imperio terrestre jamás creado.[1]

El iniciador fue Temüdjin, llamado Gengis Kan. En 1206, después de haber eliminado a sus rivales, se hizo con la jefatura de las tribus en Mongolia e impulsó una actividad conquistadora en todas las direcciones. Primero hacia el oriente, por los grandes espacios de la China del norte (Pekín, 1215), y luego hacia el occidente, contra los estados de Asia central, que se tradujo en el control de las ciudades de Khojend, Tashkent, Samarcanda, Bujara, Merv, Bali, Kabul, Herat, siguiendo su avance hasta el Cáucaso. Tras la muerte de Gengis Kan en 1227, sus hijos mantuvieron la tensión expansiva.[1]

El responsable de la expansión hacia Occidente fue el sucesor de Gengis Kan, Ogodey (r. 1229-1241), que recorrió el norte de Rusia (Nóvgorod, 1238) hasta Kiev (1240), devastó Polonia y Hungría, y se plantó ante Viena. Sólo su muerte en 1241 salvó el continente europeo. Después de haber derrotado a cuantos ejércitos trataron de hacerles frente en la Europa central, los mongoles se retiraron de forma inesperada. Las crónicas europeas alumbraron una visión demoníaca de los mongoles como gentes patológicamente violentas, insaciables destructores dispuestos a arrasar con todo lo que encontraran a su paso.[1]

Por el sudeste, Möngke, el hijo mayor de Gengis Kan, consiguió dominar el Imperio chino Song, mientras que en el suroeste, Hülegü (1256-1265), en nombre de su hermano, penetró en Irán, exterminó a los hashshasin y eliminó el califato abasí de Bagdad (1258) pasando el Éufrates para acercarse a las costas palestinas; la muerte de Möngke (1259) y la derrota que el ejército mameluco le infligió en Ayn Djâlût, en las proximidades de Nazaret (1260), pusieron también aquí límite al avance mongol.[1]

En poco más de medio siglo se había producido la completa alteración de la organización política del continente asiático y de una parte de Europa; mucho más que en todas las anteriores invasiones, pueblos enteros se habían movido miles de kilómetros, asentándose en regiones muy distintas a las suyas de origen, con la consiguiente agitación de las unidades étnicas y la modificación profunda de la distribución religiosa y cultural.[1]

Étnica y religiosamente el resultado más impresionante de las conquistas de los mongoles fue la gran dispersión de los pueblos turcos por Asia; su incorporación masiva a los ejércitos de los Kan, que llegó a superar a la minoría mongol, permitió la transmisión de su lengua y su religión. Los mongoles practicaban una religión chamanista y en su expansión entraron en contacto con las tres grandes religiones (budismo, islam y cristianismo), pero fue, sobre todo, la islámica la que adoptaron los conquistadores, lo que significaba la incorporación de millones de creyentes. Ya a mediados del siglo XIII los kanatos de Iljan y la Horda de Oro se declararon oficialmente musulmanes.[1]

La Horda de Oro

Tamerlán y los Estados timuríes

Después de casi un siglo de cierta atonía mongola, la última sacudida surgió de manera imprevista en el reino de Chagatai, en la ciudad de Samarcanda, cuando el jefe turcomano Timur Lang, Tamerlán (r. 1370-1405), con una renovada violencia y crueldad, conquistó las planicies de Irán y llegó hasta el Cáucaso, destruyendo las grandes ciudades comerciales que quedaban activas para el comercio veneciano y genovés (Heraz, Isfahán y Tabriz, entre otras), penetrando en la península de Anatolia, donde se enfrentó con el sultán otomano Bayaceto, que estaba cercando Constantinopla, al que derrotó en Ankara (1402), dominando Anatolia y llegando a poner sitio a Damasco.[1]

La aventura de Tamerlán no tenía ningún objetivo previsto. Su trayectoria errática se trasladó hacia el otro extremo, hacia India y el Imperio chino, perdiendo de vista Europa.[1]

Oriente Próximo: continuidad califal y sultanes mamelucos (1250-1517)

Egipto quedó al margen del peligro mongol, y dio una continuidad califal al mundo musulmán. La dinastía kurda de los ayyûbíes, buscando seguridad ante los cruzados europeos y la aproximación de los invasores asiáticos, organizó la defensa de sus fronteras con esclavos turcos (mamelucos) procedentes del bajo Volga comprados a los propios mongoles; su eficacia se puso de manifiesto muy pronto al derrotar a los cruzados francos en Damieta (1249), eliminar a los jwarizmíes que asolaban las ciudades palestinas y ocupar el poder en El Cairo a la muerte del soberano al-Malik al-Salih que los había organizado. Con el sultán mameluco Aybak (1250) se inicia un período de gobierno militar fuerte que frenará en dos ocasiones a los invasores mongoles (Ayn Djâlût, 1260, y Albistán, 1277), extenderá su autoridad en Siria y recuperará, entre 1289 y 1291, las últimas plazas latinas de Tierra Santa (Trípoli y Acre).

Los sultanes mamelucos desarrollaron un proyecto político en el que se mezclan sus experiencias propias con las recibidas de los califatos abasí y fatimí. La organización del poder se concentra en la figura del sultán, que lo recibe del jefe espiritual, el califa de El Cairo, al que se adjudica una autoridad moral. El sultán ejerce el poder con los emires, compañeros que constituyen la casta militar que controla la fuerza y los ingresos, ambos basados en los iqta, es decir, las rentas fiscales vinculadas a la tierra que se reparten entre sí y sirven para mantener y equipar las tropas de mamelucos de las que depende la seguridad del grupo y del país. El Cairo es la capital donde el sultán y los principales emires están instalados en ricos palacios, pero también en el resto de ciudades de Siria (Damasco, Alepo) o del Delta (Tinnis, Damieta, Alejandría).

Sociedad

La sociedad egipcia era una sociedad compleja donde cristianos, judíos y musulmanes ocupaban un espacio agrícola muy organizado oficialmente y con existencia de vida urbana con actividad artesanal y comercial intensa. A pesar de su origen turco, los mamelucos impulsaron la islamización y arabización de Egipto, decidiendo muy pronto que fueran la fe musulmana y la tradición árabe los hilos de unión de los gobernantes y el pueblo. Los cristianos y judíos no experimentarán presiones, pero no cabe duda de que el régimen egipcio se tiñó muy pronto de un carácter islámico que se mostró en la vida civil a través de los edificios construidos en todas las ciudades: mezquitas, madrasas, hospitales, escuelas, fuentes, etc., y en la importancia que adquirió la religión.

El balance de la época mameluca en Egipto

El balance de la época mameluca en Egipto presenta, a pesar del proceso general de deterioro económico y del final político, un saldo positivo. No sólo fueron capaces de proteger del ataque mongol la tradición urbana de Oriente Próximo y el marco institucional y social del Oriente musulmán, sino que conservaron el legado cultural y religioso sin alteraciones notables. En religión, la defensa de la ortodoxia suní, adoptada por los sultanes mamelucos desde el principio, contrasta con la tibieza de los mongoles recién convertidos, y combina con la tutela ejercida sobre los lugares sagrados de La Meca y Medina. Pero ello no impidió la tolerancia de las demás doctrinas; los chiíes siguieron siendo numerosos, los místicos panteístas existían, lo mismo que algún grupo más o menos herético, como los nusairíes, sublevados en el norte de Trípoli en 1317, incluso los cristianos, cuyas minorías copta, siria y etíope, cada vez más reducidas por el abandono occidental, celebraban libremente sus oficios litúrgicos —adaptados sus textos y su alfabeto— para seguir vivas hasta nuestros días.

Esta labor de conservación se despliega con fuerza en el plano cultural, donde la tradicional manía islámica de compilación alcanzó cotas muy altas en estos doscientos años. Las enciclopedias y repertorios de historia, geografía, biografías, lexicografía, literatura, ciencias religiosas y jurídicas se producen con un rigor ejemplar y, en algún caso, como Las mil y una noches, con un espíritu y gusto literario de alto nivel. Y, junto a ello, también existen creadores como Ibn Jaldun, nacido en el Magreb y muerto en El Cairo en 1406, cuyas obras Muqaddima (Prolegómenos) y Kitab al-ibar (Historia Universal) constituyen el arranque de la sociología histórica, con una concepción cíclica, muy determinista y, como corresponde a su tiempo, profundamente pesimista de la historia, en la que por primera vez se introducen los factores que inciden en la evolución de las sociedades —desde el arte a los datos económicos— y plantea la existencia de leyes históricas frente al tradicional azar o voluntad divina.

Inicios del Imperio otomano y tránsito hacia la época moderna

Expansión de los turcos otomanos

En la segunda mitad del siglo XIII, en Asia Menor, sobre lo que había sido el dominio seldjúcida y gran parte del imperio de Nicea, la actuación de los mongoles propició la aparición de varios principados, beyliks, autónomos, surgidos por la fragmentación del poder entre las dinastías turcomanas. Destacan el de los Karamanides, en la costa, frente a Chipre, en torno a la ciudad de Larenda que se extendió hasta Conia, la antigua capital del Rum; el de los Hamidoghlu, a su costado, que dominaba el puerto de Antalya y los lagos de Pisidia; el de los Germiyan, al norte del anterior, en torno a la ciudad de Kutahya, y con autoridad sobre los menores instalados en el borde del mar Egeo; la dinastía Karasi ocupaba la región de Pérgamo y la costa asiática de los Dardanelos; la de los Djandaroghlu se asentó en la comarca póntica de Kastamonu y, por último, en las colinas de Bitinia, dominando el acceso a Constantinopla, que protegían las ciudades de Bursa, Nicea y Nicomedia, se establecieron los seguidores de Osmán, los osmanlíes u otomanos.[1]

A lo largo del siglo XIV el principado otomano aparece como una construcción política islámica sólida y estable tras los largos reinados de Osman y sus sucesores Orkhan y Murad I (muere en 1389), capaz de desplegar una actividad conquistadora muy superior a la de los demás, cuyo proyecto desarrollado con continuidad consistía en reconstruir bajo su orden todo el antiguo dominio bizantino, lo que los turcos llamaban Rûm-eli (Rumelia), desde el que poder avanzar hacia el centro de Europa y dominar Anatolia.[1]

El control de Gallípoli (1354), que es la llave de los Dardanelos, y la victoria de Kosovo (1389), les permitió ocupar las principales ciudades de Tracia (Adrianópolis, que se convertirá en la capital turca), Macedonia y las regiones meridionales de Bulgaria y Serbia. Bayaceto I (1389-1403) agregó el resto de Bulgaria, derrotó a los cruzados en Nicópolis (1396) sobre el Danubio y puso el primer cerco sobre Constantinopla; en Asia anexionó la mayor parte de Asia Menor, hasta el alto Éufrates. No obstante, su proyecto imperial chocó con las acciones de Tamerlán, que desde Samarcanda invadió Asia Menor y lo derrotó en la batalla de Ankara (1402).[1]

Esta acción casi derrumbó el Imperio otomano, que tardó en recuperarse. Finalmente, Murad II (1421-1451) pudo restablecer el ritmo y en cierta medida refundar el Estado, volviendo a controlar los emiratos de Asia Menor y reiniciar la guerra expansiva en Europa en sus dos frentes: contra Hungría en el continente y contra Venecia y Génova por el dominio del mar. La fortaleza del cuerpo de los jenízaros, soldados de élite que constituían el núcleo del ejército de choque, que utilizaba ya la artillería y las armas de fuego, dio a los turcos los triunfos definitivos en Varna (1444) y Kosovo (1448) frente a los cruzados occidentales y permitió abrir a Mehmet II (1451-1481) el último capítulo, al conquistar el 29 de mayo de 1453 Constantinopla, proceder sistemáticamente a eliminar los pequeños estados griegos, francos, eslavos, etc. (Morea, Trebisonda, Bosnia, Albania, etc.), que se mantenían en los Balcanes, llegando a pasar al norte del Danubio (batalla de Valea Alba, 1479), dominar Crimea y otros puntos fundamentales para el poderío marítimo de venecianos y genoveses, y mostrar a Occidente sus verdaderas intenciones al cruzar el Adriático al ocupar el puerto italiano de Otranto (1480).[1]

La conquista de Egipto

El dominio turco en el Mediterráneo oriental era completo y aún lo será más cuando los dos sucesores de Mehmet, Bayaceto II y Selim I, procedan a la conquista de Azerbaidjan, de Persia, de Ilkan y de Siria y Egipto (1517). Mehmet II y Bayaceto II mezclaron en sus títulos todas las fórmulas posibles: Basileus y Autokrator de los dos continentes, Asia y Europa, Shah-i Djihan (Rey del Mundo), Kaghan de Tártaros, Sultán del Islam y de los musulmanes. El Imperio otomano se convertía así en un imperio musulmán universal, el de Solimán el Magnífico (1520-1566), capaz de amenazar al emperador Carlos V simultáneamente en sus posesiones centroeuropeas y en todo el Mediterráneo.[1]

Sociedad

En general, la sociedad otomana evolucionará profundamente en el siglo XV. Adquirirá un aspecto cosmopolita y pluriconfesional que se mantendrá en épocas posteriores. Dentro de un proceso de islamización (en la línea ortodoxa sunní), y al margen de los problemas políticos, se mantuvo una cierta apertura hacia Occidente y de respeto hacia la cultura cristiana ortodoxa.

En Asia Menor, la población era de mayoría musulmana, con concentraciones regionales cristianas. En el espacio europeo, los musulmanes serán siempre minoría, incluso en Estambul, donde difícilmente alcanzan la mitad de la población; los judíos experimentan un crecimiento rápido y general en los centros urbanos, como Tesalónica, y a finales del XV, con la llegada de los sefarditas expulsados de España (1492) aportarán un componente cultural espléndido.[1]

Cultura

La mezcla de culturas heredadas por los otomanos y asimiladas sin grandes violencias produjo manifestaciones muy variadas y misceláneas.[1]

La lengua turca se impuso en la administración, conviviendo con el persa como lengua de cultura, el árabe para las manifestaciones religiosas y el griego en las relaciones diplomáticas.[1]

En la Constantinopla recién conquistada coincidieron la última generación de intelectuales bizantinos, la corriente humanista italiana y los pensadores persas más o menos heterodoxos.[1]

Véase también

Notas

Referencias

Enlaces externos