Ayuda exterior
La ayuda exterior (también denominada ayuda internacional, ayuda extranjera o asistencia exterior) es la transferencia voluntaria de recursos —en forma de donaciones, préstamos concesionales o asistencia técnica— que un Estado, una organización internacional o una entidad privada otorga a un país extranjero o a sus instituciones, con el propósito declarado de promover el desarrollo económico y social, prestar socorro humanitario o avanzar los objetivos diplomáticos y estratégicos del donante.[1] La ayuda puede clasificarse según diversos criterios, entre ellos su grado de urgencia, su propósito, las condiciones bajo las cuales se otorga, su fuente y su mecanismo de entrega.[2]
Por su urgencia, se distingue entre la ayuda de emergencia, que busca aliviar el sufrimiento inmediato causado por conflictos armados o desastres naturales, y la ayuda al desarrollo, orientada a reducir la pobreza a largo plazo mediante el fomento del desarrollo económico y social de los países emergentes.[1] La ayuda puede servir a múltiples propósitos: señalar aprobación diplomática, fortalecer a un aliado militar, recompensar a un gobierno por un comportamiento deseado por el donante, extender la influencia cultural del donante, facilitar la infraestructura necesaria para la extracción de recursos o abrir nuevas vías de acceso comercial.[1] El altruismo y los fines humanitarios también constituyen motivaciones frecuentes.[1]
La ayuda puede ser proporcionada por particulares, organizaciones privadas o gobiernos. La medida más utilizada para cuantificar la ayuda es la ayuda oficial al desarrollo (AOD), definida por el Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).[3] Lancaster define la ayuda exterior como «una transferencia voluntaria de recursos públicos, de un gobierno a otro gobierno independiente, a una ONG o a una organización internacional (como el Banco Mundial o el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) con un elemento de donación de al menos el 25 %, uno de cuyos objetivos es mejorar la condición humana en el país receptor» .[1]
Tipos de ayuda[editar | editar código]
La ayuda internacional puede clasificarse según múltiples criterios: su grado de urgencia, su propósito declarado, las condiciones financieras bajo las cuales se otorga y el mecanismo a través del cual llega al receptor.[2]
Por urgencia[editar | editar código]
Por su urgencia, se distinguen dos grandes categorías. La ayuda de emergencia es la asistencia rápida que se proporciona a personas en situación de crisis inmediata, durante y después de emergencias provocadas por el ser humano (como los conflictos armados) o por desastres naturales.[4] Se diferencia de la ayuda al desarrollo en que se centra en aliviar el sufrimiento causado por una crisis concreta, en lugar de abordar las causas estructurales de la pobreza o la vulnerabilidad.
La ayuda al desarrollo, por su parte, se orienta a fomentar el desarrollo económico o social de los países en desarrollo a largo plazo. Se distingue de la ayuda humanitaria porque busca reducir la pobreza de forma sostenida, en lugar de responder al sufrimiento inmediato.[1]
Por propósito[editar | editar código]
Según su propósito, la ayuda oficial puede clasificarse en varios tipos principales:
- Ayuda militar: asistencia material o logística destinada a fortalecer las capacidades militares de un país aliado.[5]
- Ayuda humanitaria: asistencia material o logística proporcionada con fines humanitarios, habitualmente en respuesta a crisis como desastres naturales o conflictos.[4] La provisión de ayuda humanitaria de emergencia incluye servicios vitales como la ayuda alimentaria para prevenir la hambruna, prestados por agencias de ayuda, y la financiación o prestación de servicios en especie (como logística o transporte). La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) de las Naciones Unidas tiene el mandato de coordinar la respuesta humanitaria internacional, con base en la Resolución 46/182 de la Asamblea General de las Naciones Unidas.[6] Los Convenios de Ginebra otorgan al Comité Internacional de la Cruz Roja y a otras organizaciones humanitarias imparciales el mandato de prestar asistencia y protección a la población civil en tiempos de guerra.
- Ayuda al desarrollo: proporcionada por gobiernos a través de sus agencias de cooperación internacional al desarrollo y por medio de instituciones multilaterales como el Banco Mundial, así como por particulares a través de organizaciones benéficas. La ayuda oficial al desarrollo (AOD) es la medida más utilizada de la ayuda al desarrollo.[3]
Por términos y condiciones[editar | editar código]
Según las condiciones financieras acordadas entre el donante y el receptor, la ayuda puede adoptar la forma de una donación, una subvención, un préstamo a bajo interés o sin intereses, o una combinación de estos mecanismos.[1] Los términos de la ayuda se ven a menudo influidos por las motivaciones del donante, que pueden abarcar desde la aprobación diplomática hasta la expansión comercial o la influencia cultural.[1]
En la práctica, la distinción entre donación y préstamo resulta fundamental para los países receptores. Cuando la ayuda adopta la forma de una donación, el receptor no está obligado a devolver el dinero; en cambio, cuando se trata de un préstamo —incluso a tipos de interés reducidos—, el país receptor contrae una deuda externa que debe reembolsar con intereses a lo largo de décadas. Para que un préstamo se contabilice como AOD, la OCDE exige que contenga un «elemento de donación» de al menos el 25 %, lo que significa que las condiciones deben ser significativamente más favorables que las del mercado, pero no implica que el préstamo sea gratuito.[2] Sin embargo, diversos analistas han señalado que el umbral del 25 % es arbitrario y que la diferencia práctica entre un préstamo que cumple este requisito y uno que no lo cumple puede ser mínima para el país deudor.[7] Según un informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), la proporción de la AOD otorgada en forma de préstamos ha aumentado significativamente en los últimos años: en 2022, las donaciones descendieron un 8 % hasta 109.000 millones de dólares, mientras que los préstamos crecieron un 11 % hasta 61.000 millones. El informe advirtió de que este desplazamiento agrava la sostenibilidad de la deuda de los países más vulnerables, en un contexto en el que más del 40 % de la población mundial vive en países cuyos gobiernos destinan más recursos al pago de intereses de deuda que a la salud o la educación.[8]
La ayuda puede estar ligada (condicionada a que el receptor adquiera bienes y servicios del país donante) o desligada (sin restricciones geográficas para el gasto). La ayuda ligada encarece los bienes adquiridos entre un 20 % y un 30 %, según estimaciones de la OCDE.[2]
Por destino o modalidad[editar | editar código]
La ayuda puede clasificarse también según el uso al que se destina:[2]
- Ayuda a proyectos: destinada a un fin específico, como la construcción de una escuela.
- Ayuda a programas: destinada a un sector concreto, como la financiación del sistema educativo de un país.
- Apoyo presupuestario: una forma de ayuda a programas canalizada directamente al sistema financiero del país receptor.
- Enfoques sectoriales (SWAps, por sus siglas en inglés): combinación de ayuda a proyectos y apoyo presupuestario dentro de un sector, proporcionando tanto financiación para proyectos (como edificios escolares) como fondos para su mantenimiento (como libros de texto).
- Ayuda alimentaria: suministro de alimentos a países con necesidades urgentes, especialmente tras desastres naturales. Puede consistir en la importación de alimentos del país donante, la compra de alimentos locales o la entrega de efectivo.
- Ayuda de organizaciones religiosas: ayuda que se origina en instituciones de carácter religioso, como el Ejército de Salvación o Catholic Relief Services.
- Donaciones privadas: ayuda internacional en forma de contribuciones de particulares o empresas, generalmente administrada por organizaciones filantrópicas o benéficas que las canalizan hacia el país receptor.
Bilateral y multilateral[editar | editar código]
La ayuda puede llegar a los receptores por medio de canales bilaterales o multilaterales. La ayuda bilateral se refiere a transferencias directas de gobierno a gobierno. La ayuda multilateral es canalizada a través de instituciones como el Banco Mundial o el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), que reúnen fondos de uno o más donantes y los distribuyen entre múltiples receptores.[2] En 2019, el 28 % de toda la AOD fue multilateral.[3]
Asistencia técnica[editar | editar código]
La asistencia técnica es un subtipo de la ayuda al desarrollo que consiste en el envío de personal altamente cualificado o capacitado —como médicos, ingenieros o docentes— a un país en desarrollo para asistir en un programa de desarrollo. Puede adoptar la forma de ayuda a programas o de ayuda a proyectos.[1]
Fuentes de ayuda y principales donantes[editar | editar código]
La mayor parte de la ayuda oficial procede de los países miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la OCDE, un foro que reúne a 32 países donantes y a la Unión Europea. La medida estándar para cuantificar esta ayuda es la ayuda oficial al desarrollo (AOD), que comprende los flujos financieros dirigidos a países en desarrollo que cumplen dos requisitos: ser proporcionados por el sector oficial con el objetivo principal de promover el desarrollo económico y el bienestar, y tener carácter concesional con un elemento de donación de al menos el 25 %.[2]
En 2024, la AOD de los miembros del CAD ascendió a 212.100 millones de dólares, lo que representó el 0,33 % de su renta nacional bruta (RNB) combinada, un descenso del 7,1 % en términos reales respecto a 2023.[9] Fue la primera disminución tras cinco años consecutivos de crecimiento, impulsada por la reducción de las contribuciones a organizaciones multilaterales, el descenso de la ayuda a Ucrania y la caída de la ayuda humanitaria y del gasto en acogida de refugiados en países donantes.[9]
Los cinco mayores donantes en términos absolutos fueron Estados Unidos (63.300 millones de dólares, el 30 % del total del CAD), Alemania (32.400 millones), Reino Unido (18.000 millones), Japón (16.800 millones) y Francia (15.400 millones).[9] Los países del G7 aportaron conjuntamente el 75 % de la AOD total.[10]
En cuanto al porcentaje de la RNB dedicado a la AOD, un objetivo histórico de las Naciones Unidas establece que los países desarrollados deberían destinar el 0,7 % de su RNB a la ayuda al desarrollo. En 2024, solo cuatro países del CAD superaron ese umbral: Dinamarca, Luxemburgo, Noruega y Suecia.[9]
Flujos no contabilizados como ayuda[editar | editar código]
La mayoría de los flujos monetarios entre países no se contabilizan como ayuda exterior. Quedan excluidos, entre otros, la inversión extranjera directa, las inversiones de cartera, la ayuda militar y las remesas de trabajadores migrantes.[1]
Las remesas constituyen un flujo financiero de magnitud muy superior a la AOD. En 2024, las remesas hacia países de ingreso bajo y medio alcanzaron aproximadamente 685.000 millones de dólares, superando la suma combinada de la inversión extranjera directa y la AOD dirigidas a esos países.[11] Los principales países receptores de remesas en 2024 fueron India (aproximadamente 129.000 millones de dólares), México (68.000 millones), China (48.000 millones), Filipinas (40.000 millones) y Pakistán (33.000 millones).[11]
Clasificación de la AOD por el CAD[editar | editar código]
El CAD clasifica los flujos oficiales de ayuda en tres categorías:[2]
- Ayuda oficial al desarrollo (AOD): flujos oficiales destinados a países en desarrollo (de la lista del CAD) y a organizaciones internacionales, con el objetivo explícito de promover el desarrollo económico.[2]
- Ayuda oficial (AO): flujos oficiales destinados a países desarrollados que figuraban en la antigua «Parte II» de la lista del CAD (categoría ya suprimida en 2005).[2]
- Otros flujos oficiales (OFO): transacciones oficiales que no se clasifican como AOD ni como AO, ya sea porque no están orientadas al desarrollo o porque tienen un elemento de donación inferior al 25 %.[2]
La AOD se registra cuando se efectúa el desembolso financiero, no cuando se anuncia la promesa de ayuda, por lo que puede transcurrir un tiempo significativo entre el compromiso y la transferencia real de fondos.[1] En 2010, Corea del Sur se convirtió en el primer gran receptor de AOD de la OCDE en transformarse en donante importante, aportando desde entonces más de 1.000 millones de dólares anuales.[12]
Historia[editar | editar código]
Posguerra y Plan Marshall[editar | editar código]
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall (oficialmente, Programa de Recuperación Europea) se convirtió en el principal programa de ayuda exterior de Estados Unidos y en un modelo para las políticas de ayuda durante décadas. Entre 1948 y 1951, Estados Unidos transfirió aproximadamente 13.000 millones de dólares de la época en forma de donaciones y préstamos a bajo interés a Europa Occidental.[13] Los historiadores económicos De Long y Eichengreen concluyeron que el Plan Marshall, aunque no fue lo suficientemente grande como para acelerar significativamente la recuperación mediante la financiación de la inversión o la reconstrucción de infraestructuras, desempeñó un papel decisivo al establecer las condiciones para el rápido crecimiento de la Europa occidental de posguerra: las condiciones asociadas a la ayuda orientaron la economía política europea hacia un modelo con más mercado y menos controles.[13]
El período de posguerra también vio la creación de las instituciones que configurarían el sistema moderno de ayuda al desarrollo. En 1960 se constituyó el Grupo de Asistencia al Desarrollo (precursor del actual Comité de Ayuda al Desarrollo) con el fin de coordinar los esfuerzos de ayuda de los principales donantes. Ese mismo año se creó la Asociación Internacional de Fomento como parte del Banco Mundial, para proporcionar préstamos concesionales a los países más pobres.[1] Desde entonces, y según Lancaster, la ayuda exterior se ha utilizado para cuatro propósitos principales: diplomáticos (incluidos los intereses de seguridad militar y políticos), de desarrollo, de socorro humanitario y comerciales.[1]
Donantes árabes[editar | editar código]
A partir de mediados de la década de 1970, diversos países árabes productores de petróleo —en particular Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos— se constituyeron en donantes significativos de ayuda al desarrollo. La ayuda árabe se ha caracterizado, según diversos estudios, por estar concentrada geográficamente en países árabes y, más recientemente, en algunos países del África subsahariana, por otorgarse frecuentemente sin condicionalidad política y por dirigirse a menudo a los países más pobres de Oriente Medio y el Norte de África.[14] A diferencia de los donantes occidentales del CAD, los donantes árabes han seguido tradicionalmente una política de no injerencia en los asuntos internos de los receptores, limitándose a ofrecer asesoramiento en materia de políticas cuando detectan fallos evidentes.[15]
La ayuda árabe ha sido utilizada también como instrumento de política exterior. Tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, la ayuda árabe aumentó considerablemente y se canalizó preferentemente hacia los países que apoyaron a Kuwait. Arabia Saudita, por ejemplo, convirtió a Egipto, Turquía y Marruecos en sus tres principales receptores de ayuda en 1991, tras la conclusión de la guerra del Golfo.[16]
Motivaciones políticas[editar | editar código]
La ayuda exterior rara vez responde exclusivamente a motivaciones altruistas. A menudo se otorga como medio para apoyar a un aliado en la política internacional, para influir en el proceso político del país receptor o para servir a intereses comerciales o de seguridad del donante.[1]
Guerra Fría y neocolonialismo[editar | editar código]
Durante el enfrentamiento entre el comunismo y el capitalismo en el siglo xx, la Unión Soviética y Estados Unidos utilizaron la ayuda para influir en la política interna de otros países y apoyar a sus respectivos aliados. El ejemplo más notable fue el Plan Marshall, mediante el cual Estados Unidos buscó —con considerable éxito— atraer a las naciones europeas hacia el capitalismo y alejarlas del comunismo.[1] La ayuda a países en desarrollo ha sido criticada en ocasiones como una forma de neocolonialismo, al servir más a los intereses del donante que a los del receptor.[17]
Ayuda y política electoral[editar | editar código]
La práctica de canalizar ayuda hacia partidos políticamente afines en los países receptores continúa en la actualidad. Faye y Niehaus (2012) establecieron una relación causal entre la política y la ayuda en las naciones receptoras: en su análisis de las elecciones palestinas de 2006, observaron que la USAID proporcionó financiación para programas de desarrollo en Palestina para apoyar a la Autoridad Nacional Palestina, la entidad respaldada por Estados Unidos que concurría a la reelección. Según estos autores, cuanto mayor es el grado de afinidad del partido receptor con la entidad donante, más ayuda recibe en promedio durante un año electoral.[18]
En un análisis de las tres mayores naciones donantes (Japón, Francia y Estados Unidos), Alesina y Dollar (2000) constataron que cada una presenta sus propias distorsiones. Japón tiende a priorizar la ayuda a países que ejercen preferencias de voto similares en las Naciones Unidas; Francia canaliza la mayor parte de su ayuda hacia sus antiguas colonias; y Estados Unidos destina una proporción desproporcionada de su ayuda a Israel y Egipto.[19]
Condicionalidad, asimetría de poder y trampa de la deuda[editar | editar código]
Condicionalidad y ajuste estructural[editar | editar código]
Cuando un país en desarrollo afronta una crisis de balanza de pagos o no puede atender el servicio de su deuda externa, carece en la práctica de alternativas distintas a solicitar financiación al Fondo Monetario Internacional (FMI) o al Banco Mundial. Ambas instituciones exigen como condición previa para la aprobación de préstamos —o para la reducción de los tipos de interés sobre los existentes— la adopción de reformas económicas estructurales orientadas a la privatización, la liberalización comercial y financiera, la desregulación, la reducción del déficit público y el recorte de subsidios al consumo, la educación y la sanidad.[20] Estas condiciones, conocidas colectivamente como programas de ajuste estructural, fueron el instrumento central de la política del FMI y el Banco Mundial hacia los países en desarrollo desde principios de la década de 1980 hasta bien entrado el siglo xxi.[20]
La asimetría de poder en estas negociaciones es estructural: el país deudor, enfrentado a una crisis económica aguda y sin acceso a otras fuentes de financiación, se ve obligado a aceptar las condiciones impuestas por las instituciones acreedoras, cuyas políticas reflejan a su vez los intereses y las prioridades de sus principales accionistas, en particular Estados Unidos.[21] El poder de voto del conjunto de los países del África subsahariana en el FMI equivale aproximadamente a una cuarta parte del asignado a Estados Unidos, lo que limita la capacidad de los países receptores para influir en las políticas de las instituciones que les prestan.[21] Los críticos de estos programas han argumentado que las condiciones impuestas socavan la soberanía económica de los países receptores, al permitir que organismos internacionales dicten políticas nacionales en ámbitos como el empleo, la fiscalidad o la prestación de servicios públicos.[21]
Pese a sucesivas reformas —incluidas las directrices de 2002 sobre condicionalidad y la revisión de 2018—, un examen del propio FMI constató que el número de condiciones estructurales seguía aumentando, lo que renovó las preocupaciones sobre la restricción del espacio de políticas de los países en desarrollo.[21]
Trampa de la deuda[editar | editar código]
La consecuencia acumulada de décadas de préstamos condicionales es que un número creciente de países en desarrollo se encuentra en una situación en la que paga más a sus acreedores externos de lo que recibe en nuevos desembolsos, un fenómeno que la UNCTAD denomina «transferencia neta negativa de recursos». En 2022, los países en desarrollo pagaron 49.000 millones de dólares más a sus acreedores de lo que recibieron en préstamos nuevos; en 2023, esta salida neta fue de 25.000 millones.[22] En otras palabras, el flujo neto de recursos se invierte: en lugar de fluir del mundo rico hacia el mundo pobre, el dinero fluye del pobre hacia el rico.
En 2024, la deuda pública mundial alcanzó los 102 billones de dólares, de los cuales los países en desarrollo adeudaban 31 billones, una cifra que se ha duplicado a un ritmo dos veces superior al de las economías avanzadas desde 2010.[22] Los países en desarrollo pagaron 921.000 millones de dólares solo en intereses sobre su deuda pública en 2024, un 10 % más que el año anterior. Un total de 61 países en desarrollo destinaron al menos el 10 % de sus ingresos públicos al pago de intereses.[22] La UNCTAD estima que 3.400 millones de personas —casi la mitad de la población mundial— viven en países cuyos gobiernos gastan más en intereses de deuda que en salud o en educación.[22]
La desigualdad en las condiciones de financiación agrava el problema. Desde 2020, los países en desarrollo han contraído préstamos a tipos de interés entre dos y cuatro veces superiores a los de Estados Unidos.[22] En África, el coste medio de financiación es del 11,6 %, es decir, 8,5 puntos porcentuales por encima del tipo de referencia libre de riesgo del Tesoro estadounidense. Países como Túnez, Egipto y Nigeria afrontan costes prohibitivos que los excluyen en la práctica de los mercados financieros.[23]
El África subsahariana ilustra con especial crudeza esta dinámica. En 2024, los gobiernos de la región destinaron el 18,7 % de sus ingresos al servicio de la deuda externa pública, el triple del nivel registrado en 2014. Los países menos adelantados dedicaron el 22,3 % de sus ingresos públicos al servicio de la deuda, la proporción más alta de todos los grupos de países en desarrollo.[24] El caso de Zambia es representativo: tras acumular una deuda pública que pasó del 60 % del PIB en 2016 al 140 % en 2020, en 2019 el servicio de la deuda se convirtió en la mayor partida presupuestaria del país, absorbiendo más del 30 % del gasto público total, por encima de la salud y la educación combinadas.[25]
Según la UNCTAD, la situación equivale a obligar a los países a «elegir entre servir a su deuda o servir a su pueblo» .[22]
Eficacia de la ayuda[editar | editar código]
La eficacia de la ayuda —es decir, en qué medida la ayuda internacional cumple los objetivos para los que fue concebida— ha sido objeto de intensos debates académicos y políticos. Los estudios econométricos realizados a finales del siglo xx encontraron con frecuencia una eficacia media mínima o incluso negativa. Las investigaciones realizadas a principios del siglo xxi han arrojado resultados algo más favorables, aunque la evidencia sigue siendo compleja y dista de ser concluyente en muchos aspectos.[1]
Entre 2003 y 2011 se celebraron cuatro foros de alto nivel sobre la eficacia de la ayuda, que culminaron con la Declaración de París sobre la eficacia de la ayuda (2005), el Programa de Acción de Accra (2008) y la Alianza de Busán para la Cooperación Eficaz al Desarrollo (2011). Estos foros establecieron un consenso amplio sobre buenas prácticas en la coordinación de la ayuda y las relaciones entre donantes y receptores.[26] A partir de 2011, este movimiento fue absorbido por la Alianza Global para la Cooperación Eficaz al Desarrollo, con un enfoque más amplio que incluye la cooperación al desarrollo en su conjunto.
El politólogo Nicolas van de Walle ha sostenido que, pese a más de dos décadas de reformas apoyadas por donantes en África, el continente ha seguido afectado por crisis económicas debido a la combinación de factores generados por los propios Estados y a la contraproductividad de la ayuda al desarrollo. Según Van de Walle, la ayuda internacional ha contribuido a sostener el estancamiento económico en África al pacificar las tendencias neopatrimoniales, reducir los incentivos para que las élites emprendan reformas, sostener estructuras burocráticas y políticas mal gestionadas y permitir que las capacidades estatales se deterioren al externalizar muchas funciones gubernamentales.[27]
Ayuda y corrupción[editar | editar código]
Un estudio publicado en 2020 en la revista Studies in Comparative International Development analizó datos a nivel de contrato durante el período 1998-2008 en más de cien países receptores. Utilizando como indicador de riesgo de corrupción la prevalencia de licitaciones con un solo oferente en concursos competitivos de «alto riesgo» financiados con ayuda al desarrollo del Banco Mundial, los autores concluyeron que las medidas de los donantes para controlar la corrupción en el gasto de ayuda a través de los sistemas nacionales de adquisiciones —mediante un mayor control y una mayor apertura del mercado— resultaron eficaces para reducir los riesgos de corrupción. El estudio también encontró que los países con mayor institucionalización del sistema de partidos y mayor capacidad estatal presentaban menor prevalencia de licitaciones con un solo oferente.[28]
Un estudio publicado en 2018 en el Journal of Public Economics investigó si los proyectos de ayuda china en África incrementaban la corrupción a nivel local. Cruzando datos del Afrobarómetro sobre percepciones de corrupción con datos georreferenciados de proyectos de financiación china para el desarrollo en 29 países africanos durante el período 2000-2012, los autores encontraron que los sitios con proyectos chinos activos presentaban una corrupción local más extendida. Según el estudio, este aumento no parecía estar impulsado por un incremento de la actividad económica, sino que podría vincularse a un impacto negativo de la presencia china sobre las normas locales relativas a la corrupción. Los autores señalaron una diferencia significativa respecto a los proyectos del Banco Mundial: mientras que la ayuda china parecía alimentar la corrupción local sin un impacto observable en la actividad económica a corto plazo, los proyectos del Banco Mundial estimulaban la actividad económica local sin evidencia consistente de que alimentaran la corrupción.[29]
Ayuda y conflicto[editar | editar código]
La relación entre la ayuda y la intensidad o el inicio de conflictos ha mostrado efectos diferentes según los países y las circunstancias. Dube y Naidu (2015) mostraron que la ayuda militar de Estados Unidos a Colombia estaba asociada a un incremento de los ataques de grupos paramilitares —que actuaban en colusión con las fuerzas armadas colombianas—, lo que incrementó la violencia política.[30]
Nunn y Qian (2014) encontraron que un aumento de la ayuda alimentaria de Estados Unidos incrementaba la incidencia y la duración de los conflictos civiles en los países receptores. Según estos autores, el principal mecanismo que explicaba este resultado era el saqueo de los cargamentos de ayuda alimentaria por parte de facciones armadas, que los confiscaban o «gravaban» su paso, y los intercambiaban posteriormente por armas.[31]
Crost, Felter y Johnston (2014) demostraron que un programa de desarrollo en Filipinas tuvo el efecto no deseado de incrementar el conflicto, debido a una represalia estratégica del grupo rebelde que buscaba impedir que el programa aumentase el apoyo de la población al gobierno.[32]
Dependencia de la ayuda[editar | editar código]
La dependencia de la ayuda se define como la situación en la que un país no puede desempeñar muchas de las funciones esenciales del gobierno —como las operaciones de mantenimiento o la prestación de servicios públicos básicos— sin financiación y asistencia técnica extranjera.[33] La ayuda ha contribuido a que numerosos países africanos y otras regiones de bajos ingresos se vuelvan incapaces de lograr un crecimiento económico sostenido sin asistencia exterior.[33]
La economista Dambisa Moyo ha sostenido que la ayuda no conduce al desarrollo, sino que genera problemas como la corrupción, la dependencia, las limitaciones a las exportaciones y el mal holandés, afectando negativamente al crecimiento económico de la mayoría de los países africanos y otros países de bajos ingresos. Según Moyo, la ayuda es considerada por los responsables políticos como un ingreso regular, lo que elimina los incentivos para adoptar políticas que permitan a sus países financiar de forma autónoma su desarrollo. Además, la entrada constante de ayuda desincentiva la recaudación fiscal, de modo que los ciudadanos carecen de obligación de exigir la prestación de bienes y servicios orientados al desarrollo.[34]
La ayuda exterior puede contribuir también a la desindustrialización. La ayuda alimentaria suministrada a países pobres puede provocar la desaparición de la agricultura local, al no poder los agricultores locales competir con la abundancia de alimentos importados a bajo precio. Asimismo, los grandes flujos de dinero que ingresan a los países en desarrollo en forma de ayuda pueden encarecer los bienes de producción local, reduciendo las exportaciones y forzando a las industrias y productores locales a cesar su actividad.[34]
Ayuda y crecimiento económico[editar | editar código]
Los estudios estadísticos sobre la correlación entre la ayuda y el crecimiento económico han producido evaluaciones muy dispares: algunos encuentran una correlación positiva, mientras que otros no detectan correlación alguna o hallan una correlación negativa. Un hallazgo recurrente es que la ayuda a proyectos tiende a concentrarse en las regiones más ricas de los países, lo que significa que gran parte de la ayuda no llega a los países o a los receptores más pobres.[1]
El economista William Easterly y otros han argumentado que la ayuda puede distorsionar los incentivos en los países pobres de diversas maneras perjudiciales. Los flujos de ayuda pueden presentar similitudes con los ingresos derivados de recursos naturales que provocan la «maldición de los recursos»: la ayuda en forma de divisa extranjera puede apreciar el tipo de cambio y dificultar el crecimiento del sector manufacturero, que es más propicio en condiciones de mano de obra barata. La ayuda también puede aliviar la presión y retrasar los dolorosos cambios necesarios para que la economía transite de la agricultura a la manufactura.[1]
Algunos analistas sostienen que la ayuda queda contrarrestada por otros programas económicos. Mark Malloch Brown, ex administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, estimó que los subsidios agrícolas cuestan a los países pobres aproximadamente 50.000 millones de dólares anuales en exportaciones agrícolas perdidas, una cifra equivalente al nivel total de la ayuda al desarrollo en aquel momento.[1] En esta línea, el antropólogo económico Jason Hickel argumentó, basándose en datos de la organización Global Financial Integrity y de la Escuela de Economía de Noruega, que los flujos de recursos entre países ricos y pobres están efectivamente invertidos: la ayuda no alcanza a compensar la distribución desigual de recursos a escala mundial.[35]
Críticas desde el Sur Global[editar | editar código]
Desde mediados del siglo xx, diversos intelectuales y líderes políticos de África, Asia y América Latina han cuestionado los fundamentos mismos de la ayuda exterior, considerándola un instrumento de dominación antes que un medio de solidaridad. El presidente ghanés Kwame Nkrumah, en su obra Neo-Colonialism: The Last Stage of Imperialism (1965), argumentó que la ayuda exterior constituía una de las herramientas mediante las cuales las antiguas potencias coloniales mantenían el control económico y político sobre los Estados formalmente independientes, y que el capital extranjero invertido a través de la ayuda servía para la explotación del trabajo más que para el desarrollo de los países menos desarrollados del mundo. La publicación del libro provocó una protesta formal del Departamento de Estado de los Estados Unidos y la cancelación inmediata de un paquete de ayuda de 25 millones de dólares a Ghana.[36]
El politólogo y economista ugandés Yash Tandon desarrolló esta línea argumental de forma sistemática en Ending Aid Dependence (2008), obra prologada por el expresidente de Tanzania Benjamin Mkapa. Tandon sostuvo que la ayuda al desarrollo funciona como una forma de «colonialismo colectivo de la OCDE» y que los países que lograron un desarrollo acelerado —como China, India, Brasil y Malasia— lo hicieron no a través de la ayuda, sino mediante políticas nacionales de inversión y comercio orientadas al interés propio. Tandon propuso una estrategia de salida en siete pasos, que incluía la liberación psicológica de la mentalidad de dependencia, la priorización del mercado interno y la limitación de la ayuda a las prioridades nacionales democráticas.[37]
En la práctica política, el presidente de Burkina Faso Thomas Sankara (1983-1987) llevó esta crítica a sus consecuencias: rechazó los préstamos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, redujo drásticamente la dependencia de la ayuda exterior y emprendió programas de desarrollo basados en la movilización interna, logrando avances significativos en vacunación, alfabetización e infraestructura sin financiación occidental. Según el historiador Brian J. Peterson, la negativa de Sankara a aceptar un acuerdo con el FMI en 1987 provocó una crisis de apoyos internos, mientras que Francia, que había reducido su ayuda a Burkina Faso en un 80 % entre 1983 y 1985, creó las condiciones para el golpe de Estado que acabó con su vida.[38]
Percepción pública[editar | editar código]
Investigaciones académicas han sugerido que los ciudadanos de los países donantes sobreestiman significativamente la cantidad que sus gobiernos destinan a la ayuda exterior. Un estudio de 2017 demostró que proporcionar a las personas información más precisa sobre los niveles reales de gasto reduce la oposición a la ayuda.[39]
Véase también[editar | editar código]
- Ayuda oficial al desarrollo
- Ayuda humanitaria
- Cooperación internacional al desarrollo
- Comité de Ayuda al Desarrollo
- Plan Marshall
- Eficacia de la ayuda
- Mal holandés
- Ayuda ligada
- Ayuda desligada
- Desarrollo internacional
- Maldición de los recursos
- Deuda externa
- Ajuste estructural
Referencias[editar | editar código]
- ↑ 1,00 1,01 1,02 1,03 1,04 1,05 1,06 1,07 1,08 1,09 1,10 1,11 1,12 1,13 1,14 1,15 1,16 1,17 1,18 Lancaster, Carol (2007). Foreign Aid: Diplomacy, Development, Domestic Politics (en English). Chicago: University of Chicago Press. pp. 4-5, 9. ISBN 978-0-226-47045-0.
- ↑ 2,00 2,01 2,02 2,03 2,04 2,05 2,06 2,07 2,08 2,09 2,10 «DAC Glossary of Key Terms and Concepts». OECD (en English). Archivado desde el original el 1 de junio de 2023. Consultado el 11 de marzo de 2026.
- ↑ 3,0 3,1 3,2 «Official development assistance – definition and coverage». OECD (en English). Archivado desde el original el 15 de marzo de 2024. Consultado el 11 de marzo de 2026.
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- ↑ Jones, Seth G. (2006). Securing Tyrants or Fostering Reform? U.S. Internal Security Assistance to Repressive and Transitioning Regimes (en English). Santa Monica (California): RAND Corporation. ISBN 978-0-8330-4018-3.
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Bibliografía[editar | editar código]
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Enlaces externos[editar | editar código]
- Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE (en inglés)
- AidData – Portal de información sobre ayuda al desarrollo (en inglés)
- Our World in Data – Foreign Aid (en inglés) – Datos y visualizaciones sobre ayuda exterior