Monasterio
Un monasterio (del griego μοναστήριον, monasterion, derivado del verbo μονάζειν, monazein, "vivir en solitario")[1] es una comunidad formada por uno o varios monjes o monjas (del griego μοναχός, monachos, "solitario") y el edificio donde habitan, obedeciendo una misma regla.
Originalmente, un monasterio era la "célula", o pequeño y retirado albergue de un ermitaño, un individuo que se "retiraba del mundo" (haciéndose anacoreta, del griego ἀναχωρητής) para perseguir una vida ascética de carácter contemplativo. El monasterio surge cuando, en torno a la "célula" o celda del anacoreta original, atraídos por su ejemplo o fama de santidad, se establecían nuevos ermitaños y ascetas, agregándose sus celdas a la habitación inicial de aquel.
En el cristianismo, los monasterios son también llamados abadías cuando están regidos por un abad, pero no, cuando están bajo la autoridad de un obispo o un poder laico. Los prioratos son monasterios más modestos regidos por un prior y dependientes de una abadía. En general, las abadías gozan de mayor poder e influencia que los prioratos.
Los miembros de una comunidad monástica adoptan un determinado cuerpo de normas para su convivencia, una Regla, lo que, junto con otros aspectos organizativos e institucionales, define su pertenencia, especialmente en el ámbito la Iglesia católica, a una de las órdenes monásticas. La vida comunitaria de un monasterio (en contraposición con la vida anacorética de un ermitaño) se denomina cenobitismo. Con base en ello, la palabra «monasterio» se emplea asimismo para referirse a comunidades de tipo cenobítico instituidas por individuos de otras religiones no cristianas. Las órdenes religiosas de clausura son órdenes religiosas cuyos miembros se separan estrictamente de los asuntos del mundo exterior y conlleva una serie de obligaciones específicas.
Un "convento" suele entenderse como equivalente a un "monasterio" en tanto comunidad de vida religiosa y el establecimiento que les sirve por sede, pero no se deben confundir como referencia de términos sinónimos, ya que, mientras que los habitantes de un monasterio (sus monjes) cultivan una vida contemplativa ("apartada del mundo"), los de un convento (llamados ya no monjes, sino frailes) optan por una vida activa ("viviendo en el mundo", involucrada en la caridad, la enseñanza y el proselitismo o "apostolado"). Las órdenes religiosas específicamente orientadas a este modo de espiritualidad reciben el nombre de Órdenes Mendicantes (como los franciscanos o los dominicos). Adviértase el hecho de que, fruto de esta motivación diferenciada, los monasterios suelen hallarse en entornos apartados y rurales, mientras que los conventos son más propios de un ámbito urbano. En el uso moderno, "convento" tiende a aplicarse sólo a instituciones de monjas. Históricamente, un convento designaba una casa de frailes (reflejo del latín), ahora más comúnmente llamado "convento". Varias religiones pueden aplicar estos términos de formas más específicas.
Etimología
La palabra monasterio procede del vocablo griego μοναστήριον monasterion, de μοναστήριος - monasterios, a su vez de μονάζειν - monazein, «vivir solo»,[2] de la raíz μόνος - monos, «solo» (originalmente todos los monjes cristianos eran ermitaños); el sufijo «-terion» denota un «lugar para hacer algo». El primer uso que se conoce del término monastērion es del filósofo judío del siglo I d. C. Filón en Sobre la vida contemplativa, cap. III.
En Inglaterra, la palabra monasterio también se aplicaba a la morada de un obispo y al clero de la catedral que vivía en él, separados de la comunidad laica. La mayoría de las catedrales no eran monasterios y estaban atendidas por canónigos, que eran comunales pero no monásticos. Sin embargo, algunas estaban dirigidas por órdenes de monasterios, como la Catedral de York. La Abadía de Westminster fue durante un breve periodo catedral y luego fue un monasterio benedictino hasta la Reforma; su Capítulo conserva elementos de la tradición benedictina. También hay que distinguirlas de las colegiatas, como la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor.
Términos
El término monasterio se utiliza genéricamente para referirse a cualquiera de los diversos tipos de comunidad religiosa. En la Iglesia católica y, hasta cierto punto, en ciertas ramas del budismo, existe una definición algo más específica del término y muchos términos relacionados.
Los monasterios budistas suelen denominarse vihara (lengua pali: el). Los viharas pueden estar ocupados por hombres o mujeres y, en consonancia con el uso común del inglés, un vihara poblado por mujeres puede llamarse a menudo nunnery o convent. Sin embargo, vihara también puede referirse a un templo. En el budismo tibetano, los monasterios suelen denominarse gompa. En Camboya, Laos y Tailandia un monasterio se denomina wat, mientras que en Birmania se le denomina kyaung.
Un monasterio cristiano puede ser una abadía (es decir, bajo el gobierno de un abad), o un priorato (bajo el gobierno de un prior), o posiblemente una ermita (la morada de un ermitaño). Puede tratarse de una comunidad de hombres (monjes) o de mujeres (monjas). Una cartuja es cualquier monasterio perteneciente a la orden Cartuja. En el cristianismo oriental, una comunidad monástica muy pequeña puede denominarse skete, y un monasterio muy grande o importante puede recibir la dignidad de lavra.
La gran vida comunitaria de un monasterio cristiano se denomina cenobítica, por oposición a la vida anacorética de un anacoreta y a la vida eremítica de un ermitaño. También ha existido, sobre todo bajo la ocupación osmanlí de Grecia y Chipre, un estilo de vida «idiorrítmico» en el que los monjes se reúnen pero pudiendo poseer cosas individualmente y no estando obligados a trabajar por el bien común.
Surgimiento de las órdenes de monjes cristianos
La vida monástica para los cristianos empezó poco tiempo después de la muerte de Jesús. Los primeros cristianos compartían sus posesiones y llevaban una vida de entrega a Dios.
En el siglo III, san Antonio, un cristiano egipcio que vivió desde mediados del siglo III al IV, reflexionó sobre las palabras de Jesús: Ve, vende todo lo que posees y dáselo a los pobres. Entonces él y sus seguidores abandonaron todas sus posesiones y marcharon al desierto de Egipto (en la llamada Tebaida) y Siria. De esta manera creían vivir más cerca de Cristo dedicándose a la oración y la contemplación.
Al principio vivían solos, pero pronto decidieron unirse y habitar en cuevas o chozas construidas por ellos mismos, sencillas pero suficientes como para hacer su vida de oración en comunidad.
En el siglo VI san Benito creó una comunidad y estableció reglas de convivencia que luego sirvieron de base para otras órdenes. Los seguidores de san Benito hacían tres promesas: abandonar todas sus posesiones personales (voto de pobreza), no mantener relaciones sexuales (voto de castidad) y seguir las reglas de la vida monástica obedeciendo al abad (voto de obediencia).
En la Edad Media, los monasterios evolucionaron completando su entorno con granjas, hospitales y otros edificios.
Más tarde aparecieron otras órdenes que establecieron sus propias reglas, como los cartujos o los cistercienses, monjes benedictinos de estricta observancia conocidos como monjes blancos porque utilizaban hábitos de lana sin teñir. Esta congregación fue fundada en 1098 por san Roberto de Molesmes, san Alberico y san Esteban Harding, en la Abadía de Citeaux, que da nombre a la orden. Uno de sus personajes de mayor repercusión es san Bernardo.
En la segunda década de siglo XIII se crearon dos nuevas órdenes: los franciscanos (1210), que se guiaban por las enseñanzas de san Francisco de Asís, y los dominicos (1216), seguidores de santo Domingo. A diferencia de las órdenes monásticas, las nuevas órdenes mendicantes establecían sus casas —conventos— en las renacientes ciudades y no en despoblados, profesaban la pobreza, combatían la herejía cátara y proporcionaban enseñantes para las nuevas universidades. Sus miembros serían conocidos como «frailes».
Monasterio hispano
Los monasterios hispanos son aquellos monasterios o cenobios que existieron en la Hispania peninsular desde los comienzos del cristianismo hasta bien entrado el siglo XII en que tanto los edificios como el modo de vida de los monjes y sus reglas se fueron sustituyendo por la liturgia y las reglas de Cluny, el monasterio benedictino que tanta influencia tuvo, durante la Edad Media a partir del Imperio carolingio, en la vida monacal de toda Europa.
Monasterios en Oriente
Se denomina saniasi al hinduista que decide abandonar la vida familiar y dedicarse a la oración. Visten túnicas color azafrán y son ayudados por el común de las gentes, quienes los consideran hombres sabios. En los monasterios hinduistas, los monjes viven en construcciones de habitaciones sencillas y con grandes salones para la meditación. El equivalente al monasterio cristiano se llama áshram, aunque sus construcciones y modo de vida difiere en algunos puntos.
Los monasterios budistas (viharas) son similares a los hindúes. Antiguamente los monjes budistas solo pasaban en ellos los tres meses de lluvias. En ambos casos los monjes pueden abandonar el monasterio y llevar una vida familiar.
En China se encuentran algunos monasterios famosos, como los de Shaolin, donde los monjes practicaban un tipo de arte marcial con origen en las filosofías del budismo y el taoísmo. El primer monasterio Shaolin fue construido durante la dinastía Wei del Norte (386-534), en el año 495, en la provincia china de Henan.
Monasterios ortodoxos
El cristianismo ortodoxo contó desde antes del siglo XIV con un buen número de creyentes en las llanuras de Rumania (cristianizada por el apóstol San Andrés, según la tradición) tanto en Valaquia (al norte del Danubio y sur de los montes Cárpatos), en las montañas de Moldavia (al este los montes Cárpatos), como en las provincias de Transilvania (hasta la anexión austro-húngara, que conllevó la destrucción de muchos monasterios a cañonazos, por orden del general Buchow). Los monjes del monte Athos han contribuido a difundir el misticismo y la oración por estas tierras y habían fundado una serie de monasterios; los monasterios búlgaros fueron especialmente reconocidos en la ortodoxia cristiana, sobre todo los de la época bizantina. Un claro ejemplo de ello es el Monasterio de Rila en Bulgaria.
Reglas monásticas
Las reglas eran las ordenanzas escritas que los monjes de las distintas órdenes monacales debían seguir. La primera regla para cenobitas de que se tiene constancia es la de san Pacomio, escrita para sus monasterios de la Tebaida en Egipto; estas reglas se iniciaron cuando los cenobios, o monasterios, crecieron en número de monjes y hubo necesidad de una cierta organización. Muchas de estas reglas se conservan y gracias a ellas se tiene noticia de la arquitectura y disposición de algunos monasterios ya desaparecidos. Figuras importantes para los monasterios de la Iglesia católica fueron San Agustín, San Basilio (su regla se obedece en todo el monacato cristiano oriental), San Benito, San Bernardo, San Bruno, San Jerónimo, y otros más (aunque san Bernardo no escribió ninguna regla sino que comentó y reinterpretó la de san Benito; y san Bruno y san Jerónimo no escribieron ninguna regla pero sí crearon un nuevo estilo de vida monástico, semianacorético). Las reglas estaban compuestas por capítulos que solían leerse en los monasterios en la sala capitular. En ellos se iba dictando una serie de normas que se debían seguir, tanto de carácter espiritual como práctico y sobre la vida de los monjes (vestuario, comida, horas de sueño, trabajo, etcétera).
Órdenes religiosas de Occidente
Las órdenes religiosas están compuestas por grupos de personas cuyos individuos están unidos por una regla establecida por el fundador de dicha orden. Son la consecuencia del monacato en comunidad, de aquellos monjes que primero viven en soledad hasta que tienen que reunirse y compartir una vida religiosa porque el número de personas así lo requiere. Cada una de estas comunidades adoptó una regla de convivencia y un nombre. La aspiración común que tenían estas gentes era la de llevar una vida apostólica semejante a la de los discípulos de Jesús, bien siguiendo un modelo activo o bien contemplativo. Las órdenes tienen su esplendor desde finales del siglo VIII, haciendo de la regla de san Benito la oficial para todos los monasterios de Europa (lo que desemboca en la espiritualidad de Cluny), hasta finales del XVIII con la Revolución francesa.
Arquitectura de los monasterios cristianos
La construcción de un monasterio se compone de diversas partes y estancias que siguen por lo común un mismo esquema con algunas variantes. La estructura arquitectónica debe dar como resultado la autonomía de la comunidad, algo parecido a una pequeña ciudad donde el monje encuentre todo lo necesario para su existencia para vivir con y para Jesucristo.
Componentes arquitectónicos
La iglesia, lugar de oración, es el edificio principal. En torno a ella se iban alzando las dependencias necesarias. La iglesia se empezaba a construir por el ábside y tenía fácil comunicación con las celdas de los monjes a través del claustro.
El claustro era quizás el segundo elemento en importancia. Estaba construido generalmente junto a la nave sur de la iglesia, aunque hay bastantes modelos que lo presentan junto a la nave norte. La iglesia tenía una puerta de acceso al claustro. En este espacio estaban distribuidas las estancias de mayor uso para la vida de los monjes.
El claustro es de planta cuadrada y cada uno de los cuatro lados recibe el nombre de panda. En el centro suele haber un pozo y en el espacio restante, un pequeño jardín con cuatro caminos. Cada panda tiene una galería o corredor cubierto limitado por arcadas. En la panda este y cerca del cuerpo de la iglesia se halla casi siempre una pequeña estancia que servía como estudio o biblioteca, independientemente de la gran biblioteca que tenían algunos monasterios importantes. Este hueco se llamaba armariolum o armarium y en él se depositaban tanto los libros litúrgicos para los actos religiosos de cada día como los libros de lectura de los monjes. Cuando los monasterios acumularon una buena cantidad de libros y legajos, tuvieron necesidad de construir una biblioteca y el armarium quedó como un hueco obsoleto; en algunas ocasiones se utilizó para poner un altar de devoción. A continuación se hallaba la sala capitular, pieza que se consideraba de gran importancia y que generalmente se construía con rica ornamentación arquitectónica. Era el lugar de reunión de la comunidad, donde se leían los capítulos de la regla de la orden y donde el abad organizaba las distintas tareas a seguir por los monjes. En esta sala era donde se exponían posibles faltas de alguno de ellos para que el superior le reprendiese, lo que se decía "llamar a capítulo".
En la panda sur solía estar el calefactorio, lugar caldeado donde podían ir los monjes de vez en cuando para descansar y entrar en calor. A su lado, el refectorio, que era el comedor y, colindante con él, la cocina. La panda oeste se solía llamar de legos o de conversos y tenía el callejón también de legos y la cilla con la bodega. Las celdas de los monjes o el gran dormitorio común (depende de la época y de las distintas órdenes) estaban en el piso superior.
A esta estructura fundamental se añadía la parte del scriptorium, el huerto, la enfermería, el locutorio y, a veces, establos, lagares, molinos, talleres, etcétera. Además, el cementerio se encontraba siempre en el terreno monacal.
Las reacciones a Cluny
El Císter
Premonstratenses
Muy poco después de la cisterciense, nacida a finales del siglo XI, surgió a principios de la centuria siguiente otra orden con el mismo ánimo reformador: la de los premonstratenses, palabra que deriva de la premonición que tuvo a la hora de concebirla su fundador, Norberto de Magdeburgo, uno de tantos ejemplos de nobles que abandonaron sus riquezas siguiendo una repentina vocación religiosa.
Aparentemente, los monasterios premonstratenses no ofrecen especiales particularidades que permitiesen identificarlos entre el nutrido patrimonio monástico de su época. Similares en tantas cosas a los cistercienses, la mayor seña de distinción son los campanarios que acompañan a sus iglesias, que revelan una función de la que carecen los del Císter: mientras a estos últimos les bastaba con una pequeña campana, ensimismados como estaban entre los muros de la claustra, los premonstratenses precisaban mayor despliegue para llamar a los habitantes de las cercanías, pues sus iglesias hacían también las veces de parroquias donde atendían a los fieles y practicaban la predicación. Así se comprenden mejor las monumentales espadañas de los monasterios de esa orden, como los de Aguilar de Campoo y Santa María de la Vid.
Cartujos
Las órdenes mendicantes
Un dato revelador respecto a los mendicantes está en el origen de sus nombres: mientras las órdenes antiguas (cluniacense, cisterciense, cartujana...) fueron bautizadas siguiendo la denominación del lugar que acogió su primera sede, en las de franciscanos y dominicos es la personalidad del fundador la que se perpetúa.
Los siglos XIX y XX
Durante el siglo XVIII, el monacato seguía estimulando la creación artística y siendo el motor de multitud de empresas arquitectónicas. El Barroco tardío fue un momento de desmesura creativa en los monasterios españoles, mostrando gran vitalidad en vísperas de su declive. Superada la etapa barroca, cuando desde mediados del siglo XVIII las iniciativas artísticas quedaron en manos de las ideas oficiales supervisadas por las reales academias, todavía se llevaron a cabo obras ambiciosas, como la sustitución de la iglesia románica de Silos, y se encargaron retablos y ciclos pictóricos. Los frescos con los que Francisco de Goya cubrió los muros de la cartuja de Aula Dei a finales del siglo XVIII quedarían como el broche final a más de un milenio de creatividad ligada al mundo de los monasterios.[3]
Por entonces, estaba a punto de producirse un terremoto cuyos avisos se venían sintiendo al menos desde la expulsión de los jesuitas, que en España tuvo lugar durante el reinado de Carlos III (1759-1788). Entrado el siglo XIX, los primeros agentes del cambio fueron el gobierno y la guerra napoleónicos. José Bonaparte intentó la primera Desamortización general y, en efecto, echó por tierra entre 1809 y 1810 numerosos monasterios y conventos madrileños, pero en ello pesaba sobre todo una concepción urbana moderna e higienista. Los derribos, eso sí, eran decididos sin contemplaciones de tipo religioso y sin que pesase el mayor o menor mérito artístico de los edificios. Los templos católicos se sacrificaron para proporcionar espacio a un urbanismo de cuño ilustrado que no dejaba de atender a los intereses militares: no hay mejor guarida para las temidas revueltas populares que las estrechas callejuelas de una ciudad medieval.[3]
La guerra contra los ejércitos de Napoleón se llevó por delante numerosos edificios, pero no afectó más a los monasterios que a otros tipos de construcciones, como los palacios y castillos, demolidos por los propios españoles para que no sirviesen de fortín al enemigo. Los franceses expoliaron más que destruyeron, contribuyendo a la dispersión y divulgación de la hasta entonces relativamente poco conocida pintura española, así como al exilio de obras que se guardaban en España, como la Virgen de Alba de Rafael o la tabla del Matrimonio Arnolfini de Van Eyck.[3]
Como en Sahagún, aun después de esa primera guerra del XIX hubo algunos intentos agónicos por recuperar en su viejo esplendor la vida monástica, y hasta por acometer empresas de calado, como la propia reconstrucción del monasterio facundino o la decoración pictórica de la iglesia cartujana de Portaceli, transformada en una enorme pinacoteca. Enseguida vendrían las guerras carlistas, que no podían dejar de afectar a unos monjes situados casi siempre en el bando del fracasado aspirante al trono, y las primeras exclaustraciones, convertidas en un continuo viaje de entrada y salida de las comunidades a los recintos monásticos, trajín que no podía divergir más de las teóricas clausura y contemplación. Por fin, en 1836 se dictó la famosa Desamortización de bienes eclesiásticos de Juan Álvarez Mendizábal, compañera de otras desamortizaciones que ponían en venta los campos y montes que hasta entonces eran de propiedad pública. Muchos bosques que subsistían en España fueron asolados para obtener madera y roturar los nuevos latifundios, mientras el tesoro artístico, arquitectónico y cultural acumulado por los monasterios fue en gran parte dilapidado a cambio de una ganancia ridícula. Lo recaudado vino a coincidir con lo que costó el nuevo edificio del Congreso de los Diputados.[3]
Para los religiosos, fue un tiempo de innumerables sobresaltos. Puede dar idea de las situaciones creadas la narración hecha por Jesús Rubio acerca del monasterio cisterciense de Veruela, enmarcada en la supresión de órdenes monásticas que tuvo lugar en 1820, y en la que se advierte sutilmente el ánimo de revancha que latía en la ciudadanía y en los concejos que la representaban: «El 3 de noviembre […] se presentó en el monasterio don Lorenzo Lafuente, alcalde constitucional de Tarazona, con los pertinentes escribanos, comunicó la disposición que venían a cumplir y se procedió a un nuevo inventario […]. Al partir, se llevó consigo los libros de cajas y cuentas; precintó el archivo, la biblioteca y la iglesia, dejando tan solo provisiones a la comunidad para un mes».[3]
La Desamortización afectó a toda la estructura eclesiástica, empezando por las catedrales, que dejaron de recibir los impuestos y rentas a los que estaban acostumbradas; de ahí que comenzase su abandono, y la posterior obligación del Estado a la hora de mantenerlas y costear su restauración. Pero las catedrales constituían un patrimonio visible e indiscutido, mientras los conventos y monasterios, confinados muchas veces en lugares apartados de los nuevos centros de poder, aparecían como el resultado, formalmente vago por su ubicación y clausura, de siglos de usurpación de los bienes y tierras que ahora eran reclamadas por la comunidad. Afloraron entonces viejos agravios, alimentados durante muchos años por abades y comunidades que gobernaban sus propiedades con actitud señorial, reserva y no pocos abusos; el pueblo se volvió contra los monasterios, emblemas de ese Antiguo Régimen que había acumulado tanto rencor, y los desguazó para obtener provecho de sus materiales, rebajadas las maderas a alimentar fuegos y las piedras talladas a levantar corrales y tapias. Algunas esculturas y capiteles se conservaron entonces por haber servido de soporte a la cubierta de un granero o por haberse utilizado como banco o pesebre, mientras otras piezas ejecutadas en materiales menos duraderos que la piedra se perdían para siempre. El desprecio no debe atribuirse solo a un impulso popular, ciego e incultivado: ciertos monasterios se vendían por las autoridades al peso, como en Veruela, divididos en lotes y convertidos sus muros y bóvedas en canteras para la construcción.[3]
El destrozo fue algunas veces improvisado, y en otras informado y sistemático. Cuando los monjes abandonaron Poblet se lanzaron sobre el monasterio quienes esperaban encontrar tesoros y joyas en los sepulcros reales y nobiliarios. Luego llegaría el desmembramiento concienzudo de los propios edificios, sobre los que hacia finales de siglo se fijaría la codicia de los coleccionistas extranjeros. Entre todos ellos destaca el magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst.[4] El agente de Hearst en España, el supuesto hispanista Arthur Byne, iba recopilando estudios que bajo su barniz erudito eran en realidad informes e inventarios destinados al traslado de piezas, elementos y hasta edificios completos a Estados Unidos. Antes de morir en un accidente de tráfico en La Mancha, Byne tuvo tiempo de empaquetar y enviar al otro lado del Atlántico multitud de techumbres, chimeneas, columnas, portadas y la práctica totalidad de los monasterios de Óvila y Sacramenia. El claustro, refectorio y sala capitular de este último se exhiben hoy en Miami con el reclamo de ser el monumento más antiguo de Norteamérica.[3]
Incluso cuando no se daba el expolio foráneo, durante mucho tiempo la idea que prevaleció en la conservación del patrimonio fue la de la exposición museística: igual que ante un mosaico romano no se contemplaba más opción que su traslado a un museo, el estado que presentaba el monasterio premonstratense de Santa María la Real de Aguilar de Campoo no inspiró otra medida conservacionista que arrancar los mejores capiteles de su claustro y trasladarlos a Madrid. Y dado que los capiteles son, en primera instancia, elementos constructivos, la docta sustracción no hizo otra cosa más que acelerar la ruina del edificio.[3]
En medio de la debacle decimonónica hubo personas que intentaron poner freno al desastre, o al menos paliar sus efectos. También existieron propietarios que no juzgaron incompatible la nueva explotación de las tierras y la conservación de los edificios, y llegó a haber otros que se enamoraron de los viejos cenobios que habían adquirido, como ocurrió en el monasterio de Piedra o en el de Lupiana. En ciertos lugares se constituyeron juntas de protección, que en ocasiones intentaron iniciativas novedosas, como el uso pionero de los monasterios con fines turísticos, mientras el mundo académico intentaba salvaguardar e inventariar los libros y las obras de arte que aún no habían sido afanadas o destruidas. Así engrosaron las librerías monásticas los fondos de la Biblioteca Nacional o los de las distintas bibliotecas provinciales, al igual que instituciones como la Real Academia de la Historia.[3]
Las exclaustraciones se sucedieron durante el primer tercio de siglo, en 1808, 1820 y 1835. Un año más tarde de la última llegaría la puntilla en forma de Desamortización, una medida estatal que ponía en venta las inmensas propiedades eclesiásticas, territoriales e inmobiliarias, atribuidas a las llamadas manos muertas. Tal denominación no significa que no se usasen y explotasen, sino que, procedentes de antiguas compras y donaciones, habían dejado de existir para el mercado, que siempre exige movimiento, posibilidades de compraventa. Se crearon las llamadas Juntas de Enajenación, y en cuanto comenzaron a verse los efectos colaterales de la medida se fraguó también un movimiento destinado a contener la calamidad: así surgió en 1844 la Comisión Nacional de Monumentos (y las consiguientes comisiones regionales y provinciales), integrada en 1859 en la Academia de San Fernando. De ese modo, el academicismo que tanto había denostado el arte medieval vino a ocuparse de los informes que servirían para la defensa y declaración de los monumentos de ese periodo.[3]
Contra la buena voluntad mostrada por algunos, actuó, en muchos casos, la inoperancia que suele darse cuando más se precisa decisión y coordinación. Baste traer el ejemplo de lo ocurrido en Santes Creus, un monasterio en cuya librería llegaron a atesorarse unos tres o cuatro mil volúmenes. A partir de 1835, los monjes abandonaron la casa e hicieron todo lo posible por salvar los objetos, retirando la librería en peso, que fue consignada al alcalde de Aiguamurcia. Esta autoridad pidió a Tarragona que le fuesen retirados los libros: rogó inútilmente, y transcurridos algunos años murió sin haber conseguido su objeto. Cuando, después de mucho tiempo, se remitieron los volúmenes a Tarragona, solo llegó la mitad de ellos, que en la Biblioteca Provincial han sido casi totalmente destruidos por la polilla.[3]
En la Desamortización eclesiástica está el origen de la mayor parte de los museos provinciales. El aluvión de contenido procedente de los conventos y monasterios desamortizados obligó a la creación precipitada de espacios para su exposición y conservación, apañados a veces en lugares sobrevenidos e inadecuados. Pensemos, por ejemplo, en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid: la belleza de sus fondos no debe hacernos olvidar que nos encontramos ante los efectos de un gigantesco desguace, los restos de altares, sepulcros, coros y retablos que perdieron su forma y ubicación originales, y de los que al menos se han conseguido salvar tan hermosos despojos. Por eso es tan recomendable que el mismo día de visita al museo se contemple el interior de la grandiosa iglesia de San Benito, cabeza de la reforma benedictina que llevó su nombre. San Benito de Valladolid es hoy un templo tan grandioso como desolado, sobre cuyas piedras blancas deberíamos poder proyectar mentalmente las sombras soberbias de la sillería coral y del retablo mayor de Alonso Berruguete que hoy se guardan en las salas del cercano museo. Al menos aquí, el marco arquitectónico, aunque corito, permanece; no puede decirse lo mismo de otros muchos edificios de los que proceden piezas expuestas, perdidos sin dejar rastro. Otro aspecto que debe destacarse, esta vez positivo, es el beneficio que a cambio supuso para algunos inmuebles la constitución de los museos, alojados muchas veces (como el de Valladolid en el antiguo colegio de San Gregorio) en edificios antiguos que encontraron así un nuevo uso que garantizó su conservación.[3]
No hay que creer que las piezas llegadas a los centros museísticos procedían solo de los grandes cenobios, poseedores hasta entonces de las obras de mayor mérito: quien hoy visita el monasterio de Carrizo contempla un edificio modesto, quizá sin sospechar que hace cien años su patrimonio sirvió para nutrir de piezas únicas a varios museos. De Carrizo proceden el Cristo de marfil del Museo de León, el arcón policromado del de Astorga o la puerta labrada que se expone en el Museo Marès de Barcelona. En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid —donde fueron a parar, siguiendo las viejas ideas centralistas, multitud de obras de toda España— hay elementos arrancados de monasterios famosos, como el de Aguilar o San Pedro de Arlanza, y ejemplos excepcionales como los restos de sillerías corales medievales de los monasterios femeninos de Gradefes y Astudillo.[3]
Lo mismo que ocurrió con los bienes culturales sucedió con las zonas verdes: en las ciudades provinciales, son los solares de los conventos demolidos o sus antiguas huertas los que dejaron paso a esas zonas arboladas. Por eso en tantos lugares hay un parque de San Francisco, como ejemplifica inmejorablemente el de Oviedo. En Barcelona no se supo compensar el derribo de los grandes conventos medievales (que allí, por la altísima calidad de las artes en ese periodo, supuso una pérdida patrimonial inmensa) con la obtención de amplias zonas verdes que oxigenasen una urbe en constante crecimiento; allí fueron providenciales las viejas y odiadas instalaciones militares, que a la postre dieron paso a los parques de Montjuïc y de la Ciudadela.[3]
En el fondo, de lo que venimos hablando es de un cambio de paradigma. La destrucción de los monasterios fue una consecuencia más de un mundo que se transformaba, en muchos aspectos para mejor, aunque no supiese hacerlo sin sacrificar víctimas innecesarias. El tiempo ha demostrado que los edificios de la Edad Media y del Antiguo Régimen podían adaptarse sin grandes trastornos a nuevas funciones, pero en el momento de efervescencia renovadora las instituciones recién impuestas no podían conformarse con una simple remoción: necesitaban expresar a las claras, mediante nuevas infraestructuras, la renovación operada. De ahí que la paupérrima economía patria se volcase en la masiva construcción de palacios para las diputaciones, que tanto por el estado de las finanzas nacionales como por el relativo mérito de lo construido parece bastante más desproporcionada e impertinente que la construcción de las catedrales durante la Edad Media.[3]
El escenario cambió, por otra parte, en un momento en el que la religiosidad estaba muy relajada y los anatemas y excomuniones lanzados por el clero sonaban en los oídos de sus destinatarios como inocuos disparos de fogueo. En 1840, muy poco después de la Desamortización, Théophile Gautier asistía en Madrid a la procesión del Corpus afirmando que «ha perdido mucho de su antiguo esplendor con la supresión de los conventos y de las cofradías religiosas». Gautier añade algunas observaciones interesantes: «La devoción proverbial de los españoles parecióme muy enfriada […]. La España católica ya no existe. La Península hállase entregada a las ideas volterianas y liberales […]. Demoler conventos le parece el colmo de la civilización». Y termina el párrafo con una anécdota jugosa: «Estando una noche cerca de la Casa de Correos, en la esquina de la calle de Carretas, vi que la gente se escabullía precipitadamente, al mismo tiempo que por la calle Mayor se acercaba una serie de luces brillantes: era el Santo Sacramento, que en su carroza se dirigía al lecho de algún moribundo […]. La huida de la gente era para evitar arrodillarse».[5]
Ese cambio de época, iniciado ya en el siglo XVIII por los monarcas ilustrados, se plasmó también en aspectos como la nueva división por provincias, que a partir de 1833 ninguneó a las antiguas diócesis y trasladó el poder desde las antiguas salas capitulares a los salones de plenos de las nuevas diputaciones. En España las estructuras de una sociedad acabada dejaban paso a otras nuevas, las ciudades se vaciaban de palacios, monasterios y conventos y se llenaban de teatros, mercados, jardines públicos y plazas de toros. Como lugar para el paseo y el encuentro, las gentes desertaban de las naves de los claustros y de los templos en favor de los salones y las alamedas, y el cuchicheo se mudaba de las capillas a los reservados de los cafés. En su vertiente, no pequeña, de ocasión para el entretenimiento, los sermones y homilías pasaban el testigo a los dramas y operetas, el público daba la espalda a los púlpitos para volverse hacia los proscenios y la luz de los cirios cedía ante el brillo de las candilejas.[3]
Monasterios modernos y modernizados
A pesar de que la transformación era irreversible, aún daría la vieja historia poderosos coletazos, empujada por la intermitencia de regímenes que apoyaban al clero y que se servían de él para infiltrarse en la sociedad y para dar lustre y legitimidad a una escenificación del poder cada vez más postiza. Es lo que ocurrió con las sucesivas restauraciones monárquicas, ligadas a un fuerte catolicismo decimonónico que no afectaría solo a España (pensemos en Italia o en la Inglaterra victoriana). En parte por falta de dinero, en parte por no responder en el fondo más que a un impulso a destiempo, muchas de las mayores empresas arquitectónicas ligadas a la Iglesia en la España de la época quedaron en bien poco. La catedral neomedieval proyectada por el marqués de Cubas para Madrid, que entonces estrenaba sede diocesana, se interrumpió tras la erección de la cripta; y la basílica teresiana de Alba de Tormes quedó para siempre asomando sus inacabadas y extemporáneas formas neogóticas —no se corresponden ni con el siglo en que se iniciaron ni con la época de la santa abulense, sino, en palabras de su arquitecto Repullés, con la naturaleza del gótico como «estilo cristiano»— sobre las aguas del río del Lazarillo.[3]
Dentro de esa corriente neocatólica, desde los últimos decenios del siglo XIX tuvo lugar en España una lenta y ya muy rebajada revitalización de la vida monástica, que en algunos casos llegó a reutilizar las estructuras históricas que habían logrado, con mejor o peor fortuna, mantenerse en pie. Poco después llegarían las primeras iniciativas dedicadas a conservar y restaurar ese patrimonio, atendiendo más a su valor histórico, e incluso simbólico, que a su posible utilidad. Así se entiende mejor que los primeros cenobios que recibieron atención fueran aquellos que podían esgrimirse dentro de un discurso de reivindicaciones localistas o de supuestas glorias pasadas, como San Juan de la Peña, Leyre, Silos, Ripoll o La Rábida.[3]
El de las restauraciones es un capítulo que comprende (dentro de la arquitectura) tanto la conservación como los distintos grados de transformación y destrucción. Un caso arquetípico es el del monasterio de Ripoll, restaurado y en gran parte reinventado por Elías Rogent a finales del XIX, aunque la operación llevaba fraguándose varios decenios. Al estar ligado con las primeras empresas del periodo condal y luego con el famoso abad Oliba, personaje clave en el proceso de formación de Cataluña, el monumento cobraba un enorme valor simbólico que influyó en la manera en que se afrontó su reconstrucción a partir del avanzado estado de ruina en que lo había sumido la guerra y la exclaustración. De su etapa románica conservaba la batería de ábsides de la cabecera, parte de los muros y la sin par portada, aunque también había restos notables de la época tardogótica, cuando, tras un terremoto, la vieja techumbre de madera se sustituyó por bóvedas nervadas. Con su intervención en Ripoll, Rogent contribuyó a inventar un «estilo catalán» que fue luego extrapolado a otros muchos edificios. Dicho estilo consiste en expresar antigüedad (aunque sea fingida) mediante la cruda exposición de los muros de piedra tosca. Que en nuestros días, tras tantos años de investigaciones, no quepa duda acerca de los revestimientos que cubrían en origen dichos muros, conocidos a través de numerosos ejemplos (pinturas en Tahull, estucos en Tavèrnoles…), no ha evitado que estos interiores cavernosos se hayan consolidado como la imagen verdadera de la arquitectura medieval catalana y aragonesa. El sello de pedregosa rusticidad nació hace poco más de un siglo en Ripoll y después echó a perder multitud de edificios románicos y góticos, desde San Vicente de Cardona al salón del Tinell del palacio real de Barcelona.[3]
Sin salir de Cataluña, la otra cara de la reivindicación medievalista se plasmó a finales del XIX en una arquitectura rutilante y decoradísima. Si Ripoll y sus epígonos certificaban con su aspecto primitivo la presencia mitificada de los fundadores, desde Wifredo el Velloso hasta su bisnieto, el citado abad Oliba, otros edificios se encargaban de revitalizar la imagen de una tradición burguesa que desde la baja Edad Media había dado lustre y prosperidad a las ciudades. Las florituras desenfrenadas y hechizantes de Puig i Cadafalch, de Domènech i Montaner y de Gaudí evocaban un espléndido pasado comercial, renacido por el impulso del desarrollo industrial. Como en el propio Medievo, esa burguesía coetánea a la Renaixença y al Noucentisme, en general de ideas conservadoras, no podía dejar de agradecer a Dios su fortuna, y por eso no se olvidaba de costear la terminación de la fachada de la catedral de Barcelona o de poner las bases en la misma ciudad de un templo expiatorio; es decir, sufragado con las limosnas de los fieles, a las que en los últimos tiempos se han venido a adjuntar las aportaciones de los turistas. Así nació la ingente y hoy ya casi acabada empresa de la Sagrada Familia.[3]
Entre los monasterios, ninguno (ni de dentro de Cataluña ni de fuera de ella) se vio tan afectado por el renovado impulso religioso que Montserrat, que ya entonces añadía a su antiguo carácter cenobítico el de santuario y centro cultural y musical. El origen vuelve a ser un conjunto de eremitorios altomedievales que aprovechaban el terreno para invocar la soledad y una inspiración espiritual que aquí viene facilitada por la belleza (natural, pero de apariencia sobrenatural) del entorno. El de Montserrat es un monasterio relativamente reciente, que no logró independizarse de Ripoll (del que era priorato) hasta comienzos del siglo XV; en él, la reconstrucción obligada por los habituales abandonos y destrucciones se alió con la elevación de la Virgen local, en 1881, al papel de patrona de Cataluña. Había motivos, pues, para poner en marcha una maquinaria que cabría emparentar (si no en sus resultados artísticos, al menos sí en su empeño) a las grandes empresas medievales, aunque esta vez auspiciado por el neocatolicismo burgués de fin de siglo.[3]
Si no hemos dedicado en nuestro libro un capítulo específico a un monasterio tan importante y famoso como Montserrat, es por el aspecto desconcertante de su arquitectura, en la que los ya escasos restos antiguos se utilizan como galón de las creaciones de nuevo cuño. Y hasta estas últimas producen en su conjunto desazón, surgidas en apariencia por impulsos aislados, por modas y caprichos huérfanos de una idea rectora que los armonizase.[3]
Y es que en Montserrat se combina, construido en un corto periodo de tiempo, el neoplateresco de la fachada con el neorrománico del claustro; la hiperdecoratividad del camarín viejo de Gaudí y del nuevo de Monjo —ambos, los últimos ejemplares de ese tipo de construcción sacra tan hispánica— con el disfraz, también ornamentadísimo, con que se transformó el interior de la sobria iglesia del siglo XVI, cuyo volumen ha sido recuperado en parte en una intervención reciente. Sobre todo ello descuella por su tamaño la fachada y la torre construidas en la posguerra, siguiendo una estética que Verrié tilda amablemente de «germánica»; y es que todos sabemos lo que significa tal apelativo si se aplica a algo concebido en los años cuarenta del siglo XX. Perdido en gran parte el elemento de mayor mérito artístico —el claustro de los Lagartos, del que solo queda uno de los lados originales, llamado así (igual que la nave homónima de la catedral de Sevilla) por los cocodrilos disecados que había colgados en las arquerías que hacían de atrio de la iglesia—, el mayor interés que guarda este cenobio en el campo que ahora nos importa quizá sea el haber sido objeto de intervenciones de los más brillantes arquitectos catalanes del cambio de siglo, como Puig i Cadafalch, que construyó el llamado claustro románico en 1925.[3]
Uno de los últimos cenobios hispanos en construirse es la abadía del madrileño Valle de los Caídos, dispuesta a espaldas de la altísima cruz que descuella sobre los roquedales de Cuelgamuros. La imagen de la arquitectura posee un claro tinte ideológico: el clasicismo de raigambre herreriana intenta entroncar con Felipe II y, por ello, con la España más católica y poderosa. Pero es pura apariencia: mientras el modelo escurialense atraviesa los siglos con un excelente estado de salud, el moderno santuario anuncia ruina. Los daños sufridos por algunas de sus ingentes esculturas anuncian un nuevo e inesperado panorama sobre el destino del lugar. Porque ahora se está comprobando que el Valle de los Caídos está mal construido. Lo que el dictador soñó como un monumento destinado a la eternidad se está empezando a desmoronar, afectado por el uso de piedra de Calatorao (incapaz de subsistir en un clima tan extremo) y por la hipoteca a largo plazo que para cualquier estructura supone el uso del hormigón armado.[3]
La racionalidad de los antiguos monasterios ha influido en la arquitectura moderna, pero las creaciones propiamente monásticas han dado muy pocos frutos reseñables en fechas recientes. Seguramente, de todos los edificios de tipo monástico levantados durante el siglo XX en España el más interesante es el santuario, adscrito a los franciscanos, de Aránzazu, cerca de la monumental villa guipuzcoana de Oñate. La nueva iglesia es obra de Francisco Javier Sáinz de Oiza y Luis Laorga; en su fachada de sillares labrados en punta de diamante, presidido por un magnífico grupo de esculturas de Oteiza, parece subsistir la imaginación y la fuerza que llevó a nuestros antepasados a construir los monasterios que aún jalonan nuestros paisajes.[3]
El destino de los monasterios
Pasado el vendaval del siglo XIX, muchos de los monasterios que habían quedado en pie volvieron a serlo, acogiendo a veces a comunidades de órdenes distintas a las que siglos atrás las construyeron. Los de monjas pasaron por menos altibajos, e incluso algunos no sufrieron la exclaustración, manteniendo ininterrumpida la vida cenobítica desde la Edad Media. En Toledo se respira todavía el ambiente de su antigua conversión en una ciudad-convento, con muchos de sus monasterios sujetos a un régimen de clausura que apenas ha transigido, de forma siempre parcial y excepcional, con las visitas turísticas.[3]
Sin salir de lo religioso, algunos cenobios se salvaron al transformarse temporalmente en seminarios; en otros, la iglesia mantuvo su uso como templo parroquial, como en el caso extremo de Fitero. La iglesia de Ripoll fue también dedicada a parroquia tras su reconstrucción; antes de eso, las dependencias monásticas sirvieron para alojar a la población tras haberse arrasado la puebla cuando las guerras carlistas, y en ellas se instaló el ayuntamiento y hasta el teatro. En Celanova, amenazado ahora por un proyecto hotelero, subsiste un monasterio transformado en edificio comunal, con el templo convertido en parroquia, la capilla mozárabe de San Miguel conservada como reliquia artística y los ciudadanos circulando con naturalidad por las galerías claustrales para hacer gestiones y resolver papeleos.[3]
Ciertos compradores de los tiempos de la Desamortización fueron respetuosos con los edificios adquiridos: en nuestros días, los propietarios del monasterio de Sacramenia han costeado la escrupulosa restauración de la monumental iglesia cisterciense y de sus retablos. Las obras en Sacramenia tuvieron recompensas inesperadas, como el hallazgo del rosetón de la fachada, que se encontraba tapiado (y que, como tantos ventanales góticos, se cerraba con celosías de yeso). En otros muchos casos, los nuevos propietarios no vieron en los monasterios otra cosa que un lote más de los que conformaban las propiedades destinadas a su explotación. Si acaso, los edificios tenían para ellos la cualidad de proveer de materiales para la construcción de vallados y establos, y luego de servir como imán para extranjeros que mostraban afición hacia la recolección de viejas piedras. Un caso mixto fue el de la cartuja de Granada: el lote vendido a un particular (el claustro grande y las casas cartujanas) fue demolido sin miramientos, manteniéndose solo la parte que había sido adjudicada al arzobispado.[3]
Las ruinas de muchos monasterios siguen adornando el paisaje español, y, en palabras de Miguel Sobrino, «si no han adquirido el papel simbólico que ostentan los castillos es por estar situados en lugares menos visibles». A veces son ruinas honrosas, consolidadas, integradas en el entorno e incluso destinadas a alguna función museística. Otras han sido utilizadas para acompañar edificios modernos, como en el caso de San Francisco de Zamora, en el que los muros góticos sirven para prestigiar a los cubos de vidrio y acero corten que desde hace poco los acompañan. Las ruinas intentan con frecuencia conservarse, deteniendo el proceso que abocaría a una segura desaparición, si bien esto no siempre sucede.[3]
El poder de adaptación de los monasterios se debe, al fin y al cabo, a que se trata de buenas construcciones que se atienen a un esquema capaz de aplicarse a infinitos usos: un conjunto de estancias distribuidas alrededor de uno o más patios. En ellos se han alojado así cuarteles (Santo Domingo de Valencia), facultades universitarias (San Pedro Mártir de Toledo, Santa Cruz de Segovia), parlamentos autonómicos (el de Castilla-La Mancha en Toledo), escuelas forestales (la Espina), asilos (Peñaranda de Duero) y hasta centros psiquiátricos (San Salvador de Oña) y cárceles, como las que se instalaron en la posguerra en los monasterios santiaguistas de Uclés y de las Comendadoras de Madrid. Hay también en ellos auditorios (San Francisco de Ávila) e instituciones culturales, como en el caso de Aguilar de Campoo, sede de la Fundación de Santa María la Real. El Instituto del Patrimonio Cultural Español fundó una Escuela de Patrimonio Histórico en el monasterio de Santa María la Real de Nájera.[3]
La mayoría de los monasterios, incluso los que mantienen su antigua función, permiten las visitas. Algunos son museos de sí mismos, como los pertenecientes a Patrimonio Nacional (Santa Clara de Tordesillas y Las Huelgas de Burgos) o las Descalzas Reales de Madrid, donde una compleja logística permite la coexistencia de la clausura y del trasiego de visitantes. Otros se transformaron para convertirse en sede de colecciones artísticas, dando lugar a centros museísticos. A ese grupo pertenecen el Museo do Pobo Galego en Santiago o el Museo de Bellas Artes de Sevilla.[3]
Entre los cenobios hay en la actualidad, por supuesto, numerosos hoteles, que podrían entenderse como la continuación natural de las antiguas hospederías monásticas. No es exactamente así, ya que esa tradición pervive en realidad, con las lógicas restricciones, en muchos monasterios que mantienen la vida religiosa, mientras en el otro caso todo el edificio, incluyendo su zona noble, se convierte en centro hostelero. A ese campo pertenecen varios paradores, como el lujoso de San Marcos de León y otros como San Esteban de Ribas de Sil o el convento de Santo Domingo de Plasencia.[3]
Especialmente atractiva y coherente es la antigua conversión de algunos monasterios en instalaciones industriales. La organización de los poblados fabriles del siglo XIX y hasta la utopía de los falansterios deben muchas cosas a las lecciones impartidas por la tradición monástica. El comprador de la cartuja zaragozana de Aula Dei la convirtió en una factoría textil especializada en la confección de pañuelos de seda, aunque no prosperó, y el monasterio de Piedra sirvió para acoger una explotación piscícola antes de convertirse en un parque romántico. Un monasterio industrializado es la cartuja de Sevilla, donde hoy conviven los volúmenes del edificio bajomedieval y los hornos decimonónicos para la cocción de cerámica. La advocación de Santa María de las Cuevas le vino a esa cartuja de los hornos almohades que aprovechaban la arcilla fluvial que se extraía del lugar; en una de esas instalaciones islámicas, juzgada como cueva, fue hallada la imagen de la Virgen que luego se adoró en el cenobio.[3]
Véase también
Referencias
- ↑ «monastery | Etimología, traducción, significado - etymonline». www.etymonline.com. Consultado el 9 de octubre de 2023.
- ↑ com/index.php?search=monastery&searchmode=none «Online Etymology Dictionary».
- ↑ 3,00 3,01 3,02 3,03 3,04 3,05 3,06 3,07 3,08 3,09 3,10 3,11 3,12 3,13 3,14 3,15 3,16 3,17 3,18 3,19 3,20 3,21 3,22 3,23 3,24 3,25 3,26 3,27 3,28 3,29 3,30 3,31 3,32 Sobrino, 2013.
- ↑ MERINO DE CÁCERES, J. M. y MARTÍNEZ RUIZ, M. J., La destrucción del patrimonio artístico español, Madrid, 2012.
- ↑ GAUTIER, T., Viaje por España, Barcelona, 1984.
Bibliografía
- Bango Torviso, Isidro. El monasterio medieval. Editorial Anaya, 1990. ISBN 84-207-3608-2
- Laboa, Juan María (Ed). Atlas histórico de los monasterios. El monacato oriental y occidental. Editorial San Pablo. ISBN 84-285-2563-3
- Sobrino, Miguel (2013). Monasterios. La Esfera de los Libros.
- Varios autores. Fundación de Santa María la Real. Los grandes monasterios benedictinos hispanos de época románica. (1050-1200). ISBN 978-84-89483-36-1
- Varios autores. El monasterio medieval como célula social y espacio de convivencia. Fundación Santa María la Real. Centro de estudios del Románico. 2018. ISBN 978-84-17158-04-0
Enlaces externos
- Música en monasterios medievales:
emisión del 12 de diciembre de 2008 de Música antigua, programa de Radio Clásica.
- Música en monasterios medievales:
repetición del 11 de noviembre de 2011.
- Música en monasterios medievales:
- Monjes y monasterios:
emisión del 8 de octubre de 2019 de Música antigua. - La música en los monasterios:
emisión del 15 de octubre de 2019 de Música antigua.